martes, 30 de diciembre de 2014

La puntería de los que disparan sin apuntar

Alguien hizo que volver a casa significase
abrazar la oscuridad con el mismo miedo del primer invierno,
y nunca se dio cuenta.
No importaba,
tenía un mundo en ruinas
agonizando en el fondo de sus pupilas.

De su boca a una mentira hubo siempre tan poco espacio
que alguna vez sus besos sonaron
con el eco de una excusa.
Hacían tanto ruido como aquella canción
que usábamos siempre para el final
y hablaba de olvido y de no arrepentirnos
de haber asumido el riesgo.

Alguien que se me parece decidió anoche
no volver a habitar casas en ruinas
donde las pesadillas tienen vía libre y el ambiente está tan enviciado
que ni el vicio desinhibe. 
Alguien que se me parece,
bebió demasiado anoche. 

Puede que mis ganas claudicaran
o que haya muerto tantas veces pensando que eso me haría más fuerte
que desistí al descubrir que solo estaba muriendo.

Ahora ha desaparecido
y no se ha llevado su oscuridad.
Ahora me invento mis propias guerras,
me gusta mirar al mundo y pensar que si  tuviese ojos
parpadearía él primero.
Pero cada vez que me siento invencible
hay alguien esperando
que dispara sin apuntar
y da justo en el blanco,
dónde vuelve a empezar todo lo que algún día acabó conmigo.

Qué puntería,
chico.


viernes, 28 de noviembre de 2014

Elvira

Hemos sido dos
personas
entrelazando manos, pelo, corazón, tiempo y vida
soñando con los ojos abiertos,
conquistando un sofá con banderas de colores.

-Hubo alguien
que compartiendo mis días
los hizo suyos-.

Una ciudad entera se convirtió en nuestra huida,
o la hicimos así nosotras.
Digamos que se llamó Madrid,
y nos conoció en pleno despertar.
Yo huía del refugio de otra derrota,
de un mar en el que me empeñé en ahogarme
para olvidar el otoño más frío del mundo.
Ella, del primer y único amor,
de la obsesión del desengaño,
de la tristeza perpetua de los que amanecen
sabiendo demasiado de querer sin mesura.  

Nos hicimos un hueco entre nuestros escudos.
Paramos el mundo y nos regalamos tiempo.
Cada vez que me dispararon
allí estaba ella para recoger los restos.
Caminamos siguiendo la dirección
que llevaba la otra
y ninguna sabía cual era el rumbo.

Improvisamos.

Hemos sobrevivido;
a pesar de que su sangre no administra bien
tanta dulzura,
a pesar de que su pequeño corazón no puede
evitar acelerarse
cuando lo invade de emociones tan grandes
y la avisa componiendo melodías arrítmicas
-porque la música le ha incitado siempre a suicidar su tristeza-.
Sobrevivimos, a pesar de mí,
que no sé lidiar con los momentos
en que parece que se rompe;
mi chica triste
desbordada de felicidad.

Ella sola podría hacernos alcanzar la inmortalidad en una frase,
como ya hizo Cernuda;
yo también existo porque estaba escrito
que ella sería mi casa y viceversa.
-Si muero sin vivir siempre contigo no muero,
porque no vivo.-
Ella justifica mis poemas favoritos.

No puede saber a qué sabe la miel
y sin embargo la ha probado en todos sus éxitos.
Por eso el frío del invierno respeta sus pulmones.
Por eso respira como nadie las emociones
y expira palabras
que siempre calaron en mis tormentas.

Ella escribió que la distancia más grande
entre dos personas es un sueño imposible,
y así no hay quién pueda
sentirse lejos.

Podría definirnos de muchas maneras,
quizá
hayamos sido el cruce de dos historias;
cuatro ojos que parpadearon al mismo tiempo
y se miraron
y se vieron en la misma cosa,
dos latidos unísonos
que se entrelazaron un segundo cualquiera
y fueron familia.

Quizá,
hayamos sido dos ciudades en ruinas,
que se reconstruían a la vez
para ser capitales
de un mismo país. 

Ella nos descubrió las maneras
y desde entonces compartimos café descafeinado
y cafuné.
Descubrimos juntas la pleamar
en el sur.
Soñamos con hablar portugués
y el idioma la bautizó saudade.
Creímos con fervor en todo
lo que no existía,
y lo convertimos en verdad.
Nos confiamos nuestro lado más oscuro,
y conociéndonos realmente humanas
firmamos un pacto de sangre sobre nuestros defectos.

Yo creo en ella,

la he soñado con los ojos abiertos

y eso hemos sido

un sueño cumplido
y
una distancia imposible.


Dos personas,
la una en manos de la otra, sosteniéndonos la vida.




martes, 11 de noviembre de 2014

Fue infinito mientras duró un segundo

Tal vez algún día
-cuando ya no te quiera-
pueda contarte con sinceridad
lo mucho que siento
no haber sabido hacer que funcionara.

Tal vez, 
cuando sepa reconocerlo sin
destilar sal,
sin que la rabia corroa mi garganta
y el silencio que nos separa
-que grita que ya no queda nada-,
no me quite las ganas de romperlo.

Tal vez,
cuando vuelva a concentrarme
en lo que viene.

No hay mayor angustia que la de
querer, 
desear, 
soñar con 
y morir por
volver atrás. 

Cuando es el tiempo el que gana y nos encontramos de repente
estúpidos, acabados y en ruinas
por culpa de una guerra que solo existió en nuestras cabezas.
Cuando rectificar
solo significa
que ya pasó nuestra oportunidad, que solo queda pedir perdón;
reconocer que te has equivocado,
más que de sabios,
es un acto de valientes suicidas,
de no temer claudicar ante la verdad
de no tener miedo
a quedarnos sin otras manos que culpar.

Por eso nos mentimos 
después de un desengaño.
Es una cobardía superviviente
con la que debemos condescender.

-Soy sorda desde que
tuve su latido por oído
un minuto
y luego todo se apagó.-

No sé, tal vez,
un día,
cuando ya no te quiera
cuando deje de desear volver atrás
cuando la frustración no me busque;
te contaré
que te quise cómo a nadie nunca
y para siempre.
Aunque ese siempre
tuviese final.

Tal vez,
entonces,
habré entendido que lo importante es haber sentido
en un momento dado
que siempre
podría ser para siempre de verdad.

Fue infinitamente bonito mientras duró un segundo.





martes, 4 de noviembre de 2014

M

Es morena
y tiene unos ojos de final
que proyectan sabor a perdición
en los labios de los demás.
Sus preguntas son simples
pero no sencillas, como deberían.
Su angustia me revive la
nostalgia
de una rutina perdida.
Y cada vez que su historia 
me habla de puñales a su espalda
cuento uno más también en la mía.
Es valiente,
quiere contra todo y a pesar de todos,
camina con el brillo que descubre
a los que miran al mundo de frente
y pasean por encima del miedo.
Identifico mis pasos en su camino
a pesar de que traté de borrar
las huellas,
y ella nunca intentó seguirme.

Teme terminar en mi locura
conmigo
y no la culpo.

Sabe
que yo ahora me desconozco.
Que me busco y no quiero
encontrarme
por miedo
a ser mi propia ausencia.

El miedo estos días
puede con todo.

Notamos las cosquillas del vértigo
y nos gustó.
Apostamos por querer
aunque significase jugarse el cuello,
y nos gustó.

Todavía
no sabemos
cómo arrepentirnos.

Yo he caído.
Así que ahora
simplemente
confío en ella.

En que no se suelte de la cuerda.

Solo espero,
que ella no se suelte.

Que sea mi funambulista imbatible.

Y mantenga el equilibrio
hasta el final.

Que llegue
entera
a dónde yo no pude,
y me cuente que lo que esperaba
al otro lado
valía más la pena.

Todavía
confío
en ella.

En sus ojos de final;
los únicos capaces de encontrar
el mejor principio.




martes, 21 de octubre de 2014

J

Resulta que han pasado diez años.
He tenido que rescatarlo del cajón dónde lo guardo.
Paso varias veces los dedos por el papel
para constatar que es de verdad,
que no lo soñé,
que hace diez años un niño se enamoró de mí,
y me prometió primaveras,
me escribió una carta
y le dibujo mariposas,
nos reímos por teléfono
y luchamos con globos de agua,
hasta que se fue.
Cuando alguien se va dejándote tan llena
esperas días, meses, años,
tiempo,
el que haga falta
para ser capaz de dar las gracias de alguna manera
que encaje,
que valga,
que importe.
Yo 
todavía 
no 
puedo
y
no
si
algún
día
podré.
A veces pienso que escribir de las ausencias
que de verdad desgarran 
es imposible.
Supone aceptar que la herida jamás
se cerrará, 
y que hay que aprender a vivir con ella.
Pero 
eso 
no 
se aprende 
nunca.
Hoy, sin embargo, ha vuelto con más fuerza,
y cómo no contarlo.
Vuelve cada año cuando la primera hoja cae
vencida por el otoño.
Vuelve en verano, cuando es su cumpleaños
y crece en nosotros,
en los que jugamos en su mismo patio de recreo.
-Los años que sumamos, 
los vivimos por él.-
Vuelve en las risas de los niños que pisan los charcos
y corren cuando salen del colegio.
Vuelve cada vez que me encuentro de repente
y de nuevo 
con ocho años 
y le pregunto a mi madre
que por qué J me rompe la mochila,
que por qué juega al fútbol siempre con la mía,
si yo no le he hecho nada,
y ella me responde que le gusto
que busca mi atención,
y yo me quedo muda
y la miro sin entender.

Fue el primero en escribirme que era
la persona más guapa del mundo.
Solo tenía doce años, 
y su certeza era más clara de lo que jamás
podrán llegar a serlo las mías. 

Todavía te echo de menos
de la misma manera que el primer día que tuve
que despedirme,
igual que la última vez que colgué
y al otro lado seguía oyendo tu risa.

Todavía 
te 
echo 
de menos.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Vuelta a antes de ti

Lo que necesito es volver
abandonándome al impulso de encontrar
lo que fui.

Lo que necesito es un café sin excusas,
y la mano de mi madre en la frente
una noche de esas que no tengo fiebre
pero me gustaría,
para tener una buena respuesta
a por qué me encuentro tan mal.

Me han dicho las nubes que a ellas no puedo volver,
no me aconsejan que me quieran tan alto, tan rápido;
no me aconsejan querer tan alto, tan rápido.

Pero.

Lo que necesito es llegar a casa
y que una rubia se me tire encima con un abrazo de esos
que duelen y pesan y te recuerdan que esa misma rubia
ayer tenía cinco años,
y aún sigue convenciéndonos a todos de que el tiempo escoge
por qué personas pasar,
y a ella no la deja crecer. 
Necesito llegar a esa casa de locos
dónde todo son consejos cuerdos
y nos hilvanan desde pequeños para formar parte
de ese grupo de personas que sobreviven al mundo,
aunque algunos se cosen mejor que otros.

Lo que necesito es mirar una vez más,
hacía atrás,
y volver a darme cuenta de que no es cierto
que estoy mal.
Soy la misma de siempre
y nunca dejé de serlo.
Mañana volveré a tener dieciocho años
porque yo el tiempo lo congelo cuando quiero
y es tan fácil como volver a aquél agosto
y contarme a mi misma que sí, que va a doler
y que no importa.

-No me malinterpretes,
tú me caes fatal
pero me sigue gustando lo que siento por ti.
Y eso es solo mío.
Y eso ya no te incumbe.-

Voy arrancándome las espinas
poco a poco
una a una
cada día.

No necesito
un final.

Lo que necesito no es despedirme,
ni cerrar los ojos para no ver (te).

Solo necesito volver,
repasar los hechos y aprobar
todo lo pendiente.

Ya he asumido que fue.

Por eso quererte es más fácil.
Porque te quiero como quiero
a las cosas que no existen;
sin ambición.

Lo que necesito es volver a antes de ti
después de ti,
como quien vuelve a creer en la magia
inventándola para otros,
como un padre que resucita a los reyes magos,
como quién lee su cuento favorito
a un niño por primera vez,
y se encuentra de nuevo en él.


Así,
seguro,
encontraré también las palabras en otros ojos.

jueves, 3 de julio de 2014

Unai

(Maneras)
-De dar motivos-.

Alguien debería decirle a esa niña que todo lo que llora no lo juega, 
que le han robado el columpio pero hay otros tres, 
y que su madre no va a consolar una pena falaz, 
por mucho que grite y patalee;
está ocupada hablando con otra mamá.
Una señora en el autobús nos cuenta 
que ella es la alegría de la piscina 
y qué bien, 
qué distinta.
Crecer es un poco darse cuenta de todo lo que te pierdes
cuando puedes
-pero no quieres-
dejar de conformar te.
Algo así como abrir los ojos,
ver las flores,
y dejar de sentir el frío del invierno pasado.
Algo como descubrir lo que es el cariño 
cuando alguien te descongela las manos que otros llenaron de frío.
Ese frío que engaña. 
Que produce sensación de calor
pero miente
y rompe.
Hoy he sido la primera en llegar a las escaleras mecánicas,
y he jugado a seguir siendo la primera con más de cien personas a mi espalda 
-la de gente que juega en el metro-.
Luego el aire me ha levantado el vestido 
y me ha dado igual. 
En Madrid nadie mira, porque nadie ve.

He conocido a alguien que ya conocía.

Se queja del calor que hace en esta ciudad,
y casualidad o causalidad;
hoy, tres de Julio,
la protagonista es una tormenta que empapa las calles.

Yo creo en las señales. 

Él habla y cuenta,
oye y escucha,
toca y siente,
mira
ve.

Él tiene sus maneras,
y sus maneras me convencen.

Le sobran motivos
y a mí también. 

martes, 10 de junio de 2014

A tres centímetros del suelo

Hablo de alguien que
con su mano a mi espalda
empujó y sostuvo a la vez
el vaivén de mi viaje en los columpios.

Quizá esté hablando de
un goteo de indicaciones,
una ola de preguntas
contra un mar incontenible de respuestas
que aún así,
exigía una búsqueda permanente de las mismas;
dos objetos en movimiento que chocan
porque corren en la misma dirección,
unos ojos que saben cómo y dónde mirar a la vida
y otros que están aprendiendo a verla;
un millón de caídas,
el olor a agua oxigenada en las heridas,
y mis labios reproduciendo sus lecciones.

Estoy hablando de que la primavera está siendo un invierno distinto
y no siento el calor
hasta que me encuentro en su voz.
De esos fines de semana en que me arropa por las noches,
y de cuando viene a darme los buenos días,
con una sonrisa enorme, los sábados que nieva.
La suerte es ese momento en que alguien te promete un día fácil
sin pronunciar palabra,
y sabes que va a cumplir.
Me ha dicho que le gusta quién soy,
en lo que me he convertido,
y eso inspira.
Me costó adaptarme al mundo porque nunca quise
bajar de mi nube
pero la fuerza aplastante de lo real es menos dura
cuando sus abrazos protegen.
A pesar de los pesares,
de luchar por no darle la razón,
y reírme de esa manera que tiene de decir las cosas
como si no se pudiesen discutir sus certezas,
los vasos siempre están más llenos
cuando las historias las cuenta él.

Hablo de que del color de sus ojos aprendí a ver el mundo
un poquito más verde
y a apartar de mi vida a quién sabiendo que quiere irse,
se queda a doler.
A ser coherente, consciente, y rechazar la hipocresía
me enseñaron las veces que me equivoqué
y estuvo para ayudarme a reconocerlo.
Que los hombres más importantes de mi vida
iban a ser dos,
me lo enseñó a los cinco años.
Y aunque me costó aprenderlo
terminé entendiendo de qué iba la cosa
cuando mi hermano cumplió los dieciséis.

Mi padre es refugio,
y guarda para mí un hueco con vistas al mundo
en un lugar bien situado
-a la altura de su pecho-.

Hablo de esto,
porque vuelo a casa todas las noches
y su pena es la mía
y su preocupación se me aparece
y sus alegrías me desvisten los miedos,
exponiéndolos a la luz, para hacerlos polvo.
Porque es mi padre y me dio la vida
y a su manera hace de mis maneras
otra oportunidad para todo lo que yo quiera.

Quiero contarle que el orgullo es mío,

y que desde que me lo dijo

camino a tres centímetros del suelo

y más de un madrileño incrédulo

juraría que me ha visto volar.

viernes, 23 de mayo de 2014

La inconsciencia de mi sangre

Para Ángel, 
por su dislate.

Me ha vuelto loco el aire susurrándole a sus rizos, 
he explotado por gritarle 
que quién coño se ha creído 
para contarle lo que no puedo yo.
He descubierto las taquicardias cada vez 
que me ha rozado su piel.
Se ha colado en mi habitación 
y hemos sido una misma historia 
con dos vidas que no tienen nada que ver.
Han intentado inculcarme que no es para mí, 
pero todavía no he aprendido a desistir.
Lo mío es ir "a golpe de pico y pala", 
cavar un túnel que empiece en mi jardín 
para llegar a la china, 
perseguir a las más guapas hasta que me den un beso
o un guantazo, 
insistir hasta que me quieran,
enamorarme de quien me quiere a medias.  
Me ha vuelto tan loco 
que soy capaz de dormir a su lado 
e inflamar las ganas que le tengo 
para que ardan, 
pero por dentro, 
y no la incomoden. 
Me ha vuelto tan loco que la abrazo y le sonrió 
cuando sé que viene de besar a otro. 
Me ha vuelto tan loco que no me importa a quién acaricien sus manos 
mientras la sienta mía cuando esta por mí. 
Me ha vuelto tan loco que hablo con las nubes 
para que lluevan en mi casa y se alejen de su puerta. 
Porque los días grises hacen sombra a las chicas tristes 
que no saben lo que quieren. 

Después de sus aullidos, 
la noche tan a salvo, 
me crujía los miedos.
Después de sus desaires, 
de trastocarme con sus idas y vueltas 
-porque los pliegues de su falda 
bailaban insultando mi dolor- 
me bastó con un "te quiero en mi vida, aunque no en mi corazón"
para resucitar después de muerto 
y volver a perder la luz 
en lo que dura el pestañeo de su sonrisa.
No quiero obsesionarme, 
pero el mundo era más verde cuando dormía conmigo, 
y ahora que ya no, 
¿qué más existe que no tenga que ver con ella? 
Aunque ni la toque ni la mire;
¿cómo sobrevivir si dejo que su cara se difumine en mi cabeza?
Hoy me miro en el espejo y la veo en mis ojos, 
la siento en las manos y la oigo volver pisando fuerte 
para entrar y salir de mi vida a su antojo.
Cuando viene, 
ya no me cuenta qué ha sido de la suya
y yo me obligo a creer que no me importa.
Pero la veo más viva que nunca y me da envidia,
porque queriendo morir a su lado
viviré lejos hasta de su adiós.

jueves, 15 de mayo de 2014

Siempre has sido tú

Escondida en los quicios de las puertas que me cierras,
no sé si estoy curada o la enfermedad empeora cuando notas su ausencia.
Como el que echa de menos un apéndice infectado;
necesito que vuelvas a dolerme.
Siento que la corriente pudo conmigo.
He sido el objeto inanimado que la fuerza de lo común arrastró a un lado. 
Lo correcto pudo con las ganas de desnudarme bailando.
La vida pudo con las ganas de fumar y la idea de que viviré algunos años más, solo prolonga la tortura
de saber que mis pulmones se empeñarán en seguir respirando cuando la almohada haya dejado de oler como tú. 
Siento que estiramos tanto el tiempo que hicimos lo que nadie, llegar al tope; donde no quedan segundos y todo vuelve atrás.
Ahora nos estamos rebobinando a toda velocidad.
Y ahora que rebobino veo y descubro que jamás me he arrepentido de jugármela contigo,
y sin embargo necesito recordarme cada día un par de veces por qué decidí salvar el cuello.
Nunca ha habido nadie más.
Siempre has sido tú.
Aunque me obligué a besar a otros, procuré hacerlo mal.
Y no sé si es lo peor o lo mejor que me pasó en la vida,
pero jugando a robarte tu lado de mi cama, fui feliz.


















lunes, 10 de marzo de 2014

Desastrosa desazón

He buscado desesperadamente
durante mucho tiempo
algún color nuevo
entre todos esos donde cae la luz.
He buscado una sonrisa,
una mirada,
un párpado,
una pupila dilatada,
una pestaña,
un algo que me derrotase de esta manera
en que me veo ahora derrotada.
Me pasa una cosa,
y es que con un 'guapa' me deshago.
Puedo jurarme que soy fuerte.
Puedo creerme mujer piedra,
que escoge cuándo llora y cuándo no,
que ríe todo lo que puede,
que dice que no siente por nadie
igual que nadie siente por ella.
Sin embargo yo sí siento
y puedo esconderselo al resto pero eso no lo esconde
de mí.
He perdido y me vibran las manos.
La sangre me hace espinas y al contrario no.
Tampoco encuentro los pétalos que guardé en mis libros
y eso es lo que al final me está matando.
Ahora toca sobrevenir y sobrevivir.
Me pido soñar primero,
porque noto en las yemas de los dedos que me lo debo.
Y amanezco con la sensación de que podría cumplirme.
Sin embargo me he encerrado y condenado,
-Señor juez, yo seré mi verdugo-.
Que a esta condena le añade demasiados años el miedo.
Miedo a los adioses irreversibles que me abofetean desde tus manos,
y que quiero cerca, cuanto más lejos peor.
Yo sola me ato,
me ato y no sé si amante o si suicida,
si soy víctima de ti o de un síndrome de Estocolmo.
Lo que parece es que algo en mí no quería dejar de jugar a destruirnos.
No sé por qué..
pero es que he empezado a sentir cosquillas cuando
otro nombre se me esconde en la garganta.
Y eso no es bueno. Como yo.
Las niñas buenas no hablan de orgasmos.
No nadan desnudas para que el agua resucite su piel
y acaricie sus ganas.
No bailan poseídas, dibujando curvas,
levantando los brazos, y subiéndose la falda.
No anhelan con los labios ni enseñan ese lado
sucio de su corazón que a ti tanto te gusta.
Alguien hizo de mí un desastre.
Han escondido un alma que no encaja
en un cuerpo demasiado acostumbrado a obedecer.
Y ahora resulta que soy una cobarde.

Tú,
que me salvaste de ti cuando no necesitaba
que me salvaran de nada.
Tú,
que me lloraste y no quisiste resucitar hasta no verme
desear volver a matarte.
Tú,
que ya no me esperas y todavía no lo sabes.
Tú,
que has encontrado a otras que te gustan más que yo
y me guardas sin querer reconocerlo
como premio de consolación.
Tú,
que me sigues rompiendo,
hoy pareces otro.

Pareces otro amor,
y puede que esta vez de verdad lo seas.
O que mi amor, sea otro.

lunes, 3 de marzo de 2014

Cuento para David

Debes saber, pequeño héroe,
que hay un montón de gente en el mundo que ya no se ríe,
algunos se sienten estúpidos cuando ven en el espejo sus
comisuras tan hacía arriba, el reflejo de sus dientes blancos,
o escuchan brotar de su garganta una brisa airada
que intentó en algún momento parecerse a una carcajada.
Asustados.
Como si quitándose el disfraz de estatua gris un minuto,
millones de ojos fuesen testigos de su desnudez.
Otros ven esa línea muerta que es su boca
y piensan en costumbre, rutina, tranquilidad y se convencen
de que todo está bien. Que ser feliz no es lo importante,
que lo que manda es esa cosa tan fea que llaman "estabilidad".
Dicen que solo eres fiel a ti mismo cuando eres niño o adolescente,
que crecer es negarse una y otra vez.
Mi vida,
este mundo está lleno de adultos que jamás te entenderán,
porque tú siempre respondes 'sí' enseñando los dientes.

Pero hoy ellos no importan,
este cuento titula con tu nombre.
Tu nombre de rey, de héroe,
que no necesita capa,
ni honda,
ni saber volar,
ni arma,
ni más poder que un amor desbordante,
para demostrar que puede salvar vidas.

Tú, podrías enseñar a toda esa gente muerta en vida
a descubrir un mundo único e infinitamente inmenso
escondido en un beso en tu mejilla.
A volar con cada caricia.
A encontrar carcajadas al mismo tiempo en la risa
y en la tos de otros.
A ser feliz con nada y con tan poco.

Hoy te he visto serio por primera vez,
tu habitación es la número diez,
y andas pendiente de la voz de tu madre
desde la cama,
ella habla de cosas que no entiendo ni yo.
Tienes las heridas de luchar contra la vida,
por y para ella,
abiertas.
Mientras esperamos con paciencia a verlas
cicatrizar no puedo dejar de pensar
que me alucina lo fuerte que eres
y que siendo tan pequeño
puedas parecer a ojos de quién te mira un Goliat.

Sonríes a la vida.
Le gritas que estás y que no necesitas
que lo entiendan, que no piensas irte,
y todo eso sin pronunciarte en palabras.
La miras, con los ojos bien abiertos,
ojos de río que hacen que aquel que cae en ellos
se pierda en el mar
junto a todo lo que arrastran sus corrientes,
y ese azul tipo viento que parece que te hará volar,
con las pestañas sabor nube, suaves.
Quién va a atreverse a decirte que no.
Quién va a atreverse a negarte nada.
No hay desafío, y sin embargo
tienes la guerra ganada.
Eres increíblemente pequeño.
Pequeño como el suspiro de cansancio de tu madre.
Imperceptible a cualquier oído.
Pequeño como el detalle que gobierna
tu mundo.
Pequeño y a la vez tan grande.
Muchos vamos en órbita a tu alrededor,
y ninguno comprende del todo cómo puede
ser ese mundo tuyo.
Pero tú ensanchas el nuestro y por ti muchos somos capaces
de regalar la piel,
exponer el corazón
o firmar a tu favor y delegar todos los síes
en tus manos.

No vas a crecer como el resto,
no serás un adulto que se niegue a sí mismo,
nunca.
Vas a ser un Peter Pan, volando a la estrella
más brillante y dejando rastro de polvo de risa
de hada que revive y baila a tu ritmo,
a tu lado,
cuidándote.
Como tantas otras manos,
como las mías.
Que entienden acariciarte como una cuestión
de media vida
que jugarse a todo o nada
que cambiar a la primera.
Mis manos, que buscan acunar tus cicatrices,
abofetear a la vida en tu nombre,
y no dejar que te robe
aquello que te define:
una alegría inmensa
que derrota,
que destroza,
que resucita.  





domingo, 23 de febrero de 2014

Amenazas a mí sí

me amenazas con quererme y es un ataque
con probar la sutil desviación de una bala
apuntándome al pecho
para salvarme de la vida
con refutar la idea de que no te arrimas a una buena
con juntar a mi lado más de una tormenta
y clasificar catástrofes
con contarles de la vida a los poetas
con entenderme y aprenderte mis minúsculas;
que en lo que intento hacer pasar por alto
está el sustantivo de todo lo que soy,
y no sé si te das cuenta;

me han dicho que me conoces más de lo que creo,
y no sé si saben
pero yo puedo creer en todo.




jueves, 23 de enero de 2014

A punto de nieve

Cuando todo se queme,
vuela.

Todos los nunca,
siempre llegan.
A bofetadas, para que
nunca los nombres.
Te arrastran fuera del ring,
como un universo de sangre y sudor
que explotó
en su propio intento
de ser,
de estar.
No verás brotar margaritas
del lugar donde vinimos a morir.

No verás llorar vida,
porque la lluvia ahora seca
y me duelen los ojos.

Me abandonan,
y es como si los desiertos sin oasis
apareciesen de repente en todas mis casas.

Lo siento como cuando tienes ganas de llorar,
te das cuenta de que no sabes
y la pena,
la angustia,
la huida de un cometa herido
se te enquista
en lo más hondo de ese punto
medio
en tu garganta
que parece un agujero sin fondo
donde cabe todo
y todo intenta salir.
Como cuando tienes ganas de gritar
y naciste muda.
Como cuando tienes hambre de algo
y no sabes qué es,
y nada te sacia.
Como cuando quieres correr y algo
te frena.
Y algo te choca.
Y todo es más fuerte que tú.
Como cuando intentas concentrarte
y no es el vuelo de una mosca,
es que te apetece demasiado
pensar en otra cosa.
Como cuando persigues a alguien por la espalda,
se da la vuelta,
y quieres descubrir de qué color son sus ojos
pero parpadea.
Parpadea y se gira,
y lo pierdes para siempre.

Intento mantener el equilibrio
como si fuese la primera vez
que todavía no me he caído.

Y encuentro un montón de tus primeras
veces a cada amago de paso.

Como la primera vez que soñaste que soñaba con otra cosa.
Como la primera vez que supiste que no era un sueño.
Y que lo cierto
era todo lo que no decía.
Como la primera vez que vestiste de luto
las palabras
y fuiste una tumba
esperando que alguien quisiera profanarte,
y liberase todos los miedos
enquistados,
en ese punto
en tu garganta.

Tú eres como todas esas cosas,
y te pareces al blanco de este invierno
que te hiela.

Cuando hasta el frío te queme,
vuela.

lunes, 20 de enero de 2014

Deshazme la cama

Hoy me has enseñado cómo es una galaxia,
una que no es la nuestra,
y nos he imaginado visitándola.
Me gustaría encerrarte en algún planeta,
pequeño,
donde solo quepamos nosotros
y una flor,
para jugar a encontrarte
donde quiera que te escondas,
y a aprendernos todos sus rincones de memoria.
No conozco más universo
que el que tú prometes que existe.
No quiero conocer otro
para terminar descubriendo
que no quiero que exista.

Y eso que cada vez que lo pienso
muero de miedo.

Todas esas estrellas vagando sin peso,
toda esa inmensidad que hace pequeñas
todas las inmensidades
que tiemblan conmigo cada vez que
me agarras el pelo.
Que siendo enormes,
se estremecen con nosotros,
cada vez que robas un beso que ya es tuyo.
Tengo miedo,
pero puedo jurarte que no saldría
de allí,
de tenerte atado
y confinado a mí.

Amaría esa cárcel,
como quien odia ser libre
porque prefiere no tener opción
y se rinde al escalofrío.

Tú júrame que lo devastaríamos,
que claudicaría ante nosotros
para que dejásemos de arrasarlo
que seriamos como tormenta y huracán
que cada vez que se besan
destruyen sin querer.  .
Tú júrame que no volveremos de allí
a ninguna otra parte
porque seremos tan tú y yo
que no tendremos a dónde volver.
Y con sangre
firmo
que me cortaré las alas,
y que no conoceré otras ganas
que no sean las que nacen
de verte deshaciéndome la ca(l)ma.

sábado, 4 de enero de 2014

Quedarse es de cobardes

A veces pienso que he sido niña demasiado tiempo.
La realidad llama a tu puerta con desdén,
y nos sobra inocencia. 
Un desengaño disgrega la resistencia. 
Alguien te pregunta:
¿Qué vas a hacer?
¿Qué vas a hacer?
¿Qué vas a hacer?
Si quieres te cuento lo que seguro que no.
Volver.
Lo único que te empuja a volver es la necesidad de dejarte ser cobarde. 
Rendirte a la evidencia;
eres todo lo que no querías ser
y alguien quiso que fueras.
Venderte a la mentira, 
y que te compre. 
Decir que no te quiero.
Volver, con la excusa de contarte que no pienso volver. 
Con la frente marchita, 
espinas en la piel, 
la espalda encorvada 
y sin quitar ojo del suelo. 
Por no perder tus huellas.
Volver. 
Como un fantasma que persigue sus cadenas, 
como el preso que consiguió escapar y no sabe quién es, 
o quién quiere ser, 
en el mundo que se cree real.
Volver. 
Como un animal criado en cautividad 
que no sabe sobrevivir en un mundo nuevo. 
Como una adolescente que no encuentra
bolsillo en que guardar tanta libertad
y no sabe dónde esconderse. 
Volver.
Con los sueños rotos y las ilusiones perdidas,
mal invertidas; 
volver dándote la razón, 
sin remedio, sin opción. 
Intentando mantener el equilibrio
sobre una cuerda que no existe,
que es acera
y cada vez un poquito más estrecha.
Pero todo el mundo vuelve a casa. 
A abrazar los barrotes con amor. 
A besar las manos que apretaban 
y apenas te dejaban respirar,
a inventar nuevas formas de quedar atrapada.
A dejar que te acaricie el vicio y abandonar los parches. 
Volver a casa. 

Pero en mi puerta ahora hay un cartel
que me recuerda todos tus golpes.
“No se llama más de una vez a una puerta cerrada, 
no se espera más de cinco años a que se abra.”
Esta ya no es mi casa.
Al otro lado hay una ventana abierta,
y todo lo que sabe a mí se escapa.
Huye y tiembla.
Pero por fin quiere irse.