sábado, 4 de enero de 2014

Quedarse es de cobardes

A veces pienso que he sido niña demasiado tiempo.
La realidad llama a tu puerta con desdén,
y nos sobra inocencia. 
Un desengaño disgrega la resistencia. 
Alguien te pregunta:
¿Qué vas a hacer?
¿Qué vas a hacer?
¿Qué vas a hacer?
Si quieres te cuento lo que seguro que no.
Volver.
Lo único que te empuja a volver es la necesidad de dejarte ser cobarde. 
Rendirte a la evidencia;
eres todo lo que no querías ser
y alguien quiso que fueras.
Venderte a la mentira, 
y que te compre. 
Decir que no te quiero.
Volver, con la excusa de contarte que no pienso volver. 
Con la frente marchita, 
espinas en la piel, 
la espalda encorvada 
y sin quitar ojo del suelo. 
Por no perder tus huellas.
Volver. 
Como un fantasma que persigue sus cadenas, 
como el preso que consiguió escapar y no sabe quién es, 
o quién quiere ser, 
en el mundo que se cree real.
Volver. 
Como un animal criado en cautividad 
que no sabe sobrevivir en un mundo nuevo. 
Como una adolescente que no encuentra
bolsillo en que guardar tanta libertad
y no sabe dónde esconderse. 
Volver.
Con los sueños rotos y las ilusiones perdidas,
mal invertidas; 
volver dándote la razón, 
sin remedio, sin opción. 
Intentando mantener el equilibrio
sobre una cuerda que no existe,
que es acera
y cada vez un poquito más estrecha.
Pero todo el mundo vuelve a casa. 
A abrazar los barrotes con amor. 
A besar las manos que apretaban 
y apenas te dejaban respirar,
a inventar nuevas formas de quedar atrapada.
A dejar que te acaricie el vicio y abandonar los parches. 
Volver a casa. 

Pero en mi puerta ahora hay un cartel
que me recuerda todos tus golpes.
“No se llama más de una vez a una puerta cerrada, 
no se espera más de cinco años a que se abra.”
Esta ya no es mi casa.
Al otro lado hay una ventana abierta,
y todo lo que sabe a mí se escapa.
Huye y tiembla.
Pero por fin quiere irse. 

  


1 comentario:

  1. Y que te den motivos para quedarse, eso es de valientes.

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