El miedo a veces me viste de valiente,
y otras
me pide que corra.
Últimamente me inventa pesadillas
que tienen que ver contigo
y quiere ponerte al nivel de mis monstruos
pero cómo vas a asustarme
si veo mi vida en tus ojos.
A veces, me volvería invisible
y otras
te agarraría la cara con las manos
y me acercaría
de manera que no veas nada
que no sea yo.
Ahí te plantaría un beso de los míos.
Porque no es un beso
si no te lo planto,
no 'te lo doy',
te lo planto profundo en los labios.
A veces me volvería invencible
si no aparecieses tú con tus tormentas
y no me gustase tanto, tantísimo,
el desastre que dejas.
A veces buscaría refugio
por cada una que me pillas
con las ganas a la intemperie
expuesta,
pero entonces te escondes en mí
y soy yo la que tiene que ser casa
y cómo voy a dejarte ir así
y cómo voy a pasar de esa boquita de triste,
de drama.
A veces, jugaría a ser la que vuela
la puta que escondía libros en macetas,
la que no se acuerda de ti
por acordarse de otros.
Pero para qué andar con mentiras
si mentir es otra forma de contarte
todo,
absolutamente todo el rastro
que dejaste dentro de mí.
Que a tu lado, las verdades no se atreven
a doler demasiado.
A veces acabaría con todo
por el simple y cobarde hecho
de no tener que elegir.
Que tu lista de pequeñas huellas
está llena de valientes
que se atrevieron a quererte,
a dejar sus perfumes en tu almohada,
el roce de sus labios en los tuyos,
y hasta el fantasma de sus suspiros
entre tus sábanas,
y ¿tú qué?
tú nada.
Pero dicen que hasta el más cobarde
ha sido capaz de convertirse en héroe
por un amor.
Quién sabe si llegas a ser lo suficientemente
cobarde.
A veces imagino como sería recordar
que tengo mala memoria,
que no sé acordarme de ti.
Con lo bien que se me da
olvidar todo lo demás.
Ojalá ser capaz de convertirte
en despiste.
A veces voy de viaje
y no dejo de pensar en ti,
y en que la persona de al lado
no sabe el lugar que está ocupando.
A veces sobrevivir no apetece,
y tentar a la suerte
con vicios dulces
no cumple las expectativas.
A veces querer
y no querer estar contigo a la vez
es insoportable.
Tal vez sea una chica de plurales,
pero en mi cuerpo no caben tantas contradicciones.
Tengo que desmentir
todas las dudas que se creen verdades,
tengo que inventarte una solución
lo suficientemente valiente.
Tengo que empezar a averiguar
qué hago contigo
además de escribirte.
Y sobretodo,
tengo que inventar
qué haré sin ti.
viernes, 26 de abril de 2013
viernes, 19 de abril de 2013
Consecuencia
Tus noches son mías.
Los relojes ya no te cuentan qué hora es,
solo te hablan de mí.
Y si escapar del tiempo es imposible,
imagínate escapar de lo que dice.
Tus noches son mías.
Abril empieza a tenerte envidia.
Te ve lloverme encima
y se pregunta donde coño está su agua,
y yo me pregunto
cuántas noches más nos esperan
cuántas noches más tengo que esperar
cuántas primaveras nos vestirán
o si algún otoño se atreverá a desnudarnos.
Madríd esta preciosa
hace sol
parece que todo es posible
y la tarde me recuerda
eso de
por pedir que no quede
así que:
cómeme a suspiros
pintame vidas en la habitación
susurrame caminos
roba para mí otro corazón
conviérteme en esdrújula
desvísteme de adjetivos
que solo sepa de verbos
que solo sepa conjugarlos contigo.
y escóndeme el mundo
que no quiero creer en lo que existe.
que no quiero creer que no existas.
Tus noches son mías.
quiero ver como dejas tú vida dentro de mí
quiero que cuentes los latidos que llaman a tu puerta
si es que puedes seguir el ritmo
y atrévete a hacer música con ellos
y aprende a seguir sus pasos.
Me dices que quieres bailar
que quieres quedarte
y entonces, voy yo,
y te pongo la vida a tiro.
Tus noches son mías
y yo...
yo ya tengo ganas de regalarte mis días.
Los relojes ya no te cuentan qué hora es,
solo te hablan de mí.
Y si escapar del tiempo es imposible,
imagínate escapar de lo que dice.
Tus noches son mías.
Abril empieza a tenerte envidia.
Te ve lloverme encima
y se pregunta donde coño está su agua,
y yo me pregunto
cuántas noches más nos esperan
cuántas noches más tengo que esperar
cuántas primaveras nos vestirán
o si algún otoño se atreverá a desnudarnos.
Madríd esta preciosa
hace sol
parece que todo es posible
y la tarde me recuerda
eso de
por pedir que no quede
así que:
cómeme a suspiros
pintame vidas en la habitación
susurrame caminos
roba para mí otro corazón
conviérteme en esdrújula
desvísteme de adjetivos
que solo sepa de verbos
que solo sepa conjugarlos contigo.
y escóndeme el mundo
que no quiero creer en lo que existe.
que no quiero creer que no existas.
Tus noches son mías.
quiero ver como dejas tú vida dentro de mí
quiero que cuentes los latidos que llaman a tu puerta
si es que puedes seguir el ritmo
y atrévete a hacer música con ellos
y aprende a seguir sus pasos.
Me dices que quieres bailar
que quieres quedarte
y entonces, voy yo,
y te pongo la vida a tiro.
Tus noches son mías
y yo...
yo ya tengo ganas de regalarte mis días.
viernes, 5 de abril de 2013
Imposible
Cuando te conocí
llevabas barba de tres días,
por eso de que hasta el desaliño ha de ser impar
y decías que era un desorden calculado.
Tenías un hoyuelo escondido en la mejilla izquierda,
y misterio en lo más hondo de las pupilas.
Yo soy más de sujetar miradas
antes que mundos,
prefiero ver como estos caen a nuestro alrededor,
mientras aceptas el desafío.
Ni se habla ni se parpadea.
Pero ese día, tal vez después de un par de tequilas,
me dio por decirte que tienes un negocio
entre las piernas
que tratar conmigo, ojos de mar.
Aunque tú ya lo sabías.
Y perdí la guerra en un momento,
y renegué de mis parpados que no aguantaron,
que se atrevieron a perderte de vista
una milésima de segundo.
Pero empezamos otra batalla,
te quitaste la ropa de desconocido
y te vestiste con el deseo de años
de habernos encontrado y perdido,
y vuelto a encontrar.
Me cogiste con ganas,
como se cogen las fantasías
perseguidas en más de un sueño de esos
en los que corres y corres y no alcanzas nada.
Como si fuese una estrella fugaz
que se te escapa robándote el deseo.
Y no dormimos,
los dos juntos.
O eso parecía hasta que desperté.
Y me puse a pedirle a noséquién
que ojalá existieses.
Ojalá fueses tan caótico como te pienso.
Ojalá te viese también cuando abro los ojos.
Pero, de momento,
no queda otra que soñar,
para tenerte.
Porque como buen imposible,
solo sucedes en sueños.
llevabas barba de tres días,
por eso de que hasta el desaliño ha de ser impar
y decías que era un desorden calculado.
Tenías un hoyuelo escondido en la mejilla izquierda,
y misterio en lo más hondo de las pupilas.
Yo soy más de sujetar miradas
antes que mundos,
prefiero ver como estos caen a nuestro alrededor,
mientras aceptas el desafío.
Ni se habla ni se parpadea.
Pero ese día, tal vez después de un par de tequilas,
me dio por decirte que tienes un negocio
entre las piernas
que tratar conmigo, ojos de mar.
Aunque tú ya lo sabías.
Y perdí la guerra en un momento,
y renegué de mis parpados que no aguantaron,
que se atrevieron a perderte de vista
una milésima de segundo.
Pero empezamos otra batalla,
te quitaste la ropa de desconocido
y te vestiste con el deseo de años
de habernos encontrado y perdido,
y vuelto a encontrar.
Me cogiste con ganas,
como se cogen las fantasías
perseguidas en más de un sueño de esos
en los que corres y corres y no alcanzas nada.
Como si fuese una estrella fugaz
que se te escapa robándote el deseo.
Y no dormimos,
los dos juntos.
O eso parecía hasta que desperté.
Y me puse a pedirle a noséquién
que ojalá existieses.
Ojalá fueses tan caótico como te pienso.
Ojalá te viese también cuando abro los ojos.
Pero, de momento,
no queda otra que soñar,
para tenerte.
Porque como buen imposible,
solo sucedes en sueños.
martes, 26 de marzo de 2013
Al desnudo
Desde que sé que la quiso más a ella
intento asumir que mi mundo
fue su mundo durante mucho más tiempo.
Desde que sé que yo le quise más
intento calcular los niveles de nostalgia,
siempre según los terremotos de mi cuerpo,
y es difícil,
la magnitud de esos temblores no los mide ninguna escala Richter.
Ya te he contado la torpeza que ataca a mis piernas
cuando aparece de repente.
Ya sabes eso de que he naufragado a propósito
más de una vez en los mares que tiene por ojos,
y también que quemé mis naves cuando anclé en su piel
porque no tenía intención de volver de allí
a ninguna otra parte.
Sabes que encuentro en sus colmillos cuando sonríe,
una droga,
que consigue que me desespere y corte los finos hilos
que siguen atándome a la cordura,
en el infinito que pasa entre un mordisco y otro.
No lo perdí.
Fue un tren del que me echaron,
pero en vez de coger otro,
yo me quedé esperando en la estación,
por si volvía, aunque solo fuese de paso.
Ahora espero que llegue ese otro,
que me arregle las estaciones
y me salve de esperar trenes que recojan a otras
y se vayan sin mí.
No.
Miento.
Espero sin esperar nada nuevo en realidad,
porque he desaprendido a hacerlo.
No veo nada que no sea azul y
un poco chocolate.
No veo nada que no sea lluvia.
No veo nada que no sea...
todo lo que hubo y ya no hay.
Simplemente no te veo,
porque mi mundo se difumina a su alrededor.
Y me aferro a esa ceguera como si sus manos
fuesen mi braille,
y solo pudiese ver a través de ellas,
y siempre y solo a él.
No existe mayor masoquismo ni estupidez.
Cuanto más me desnudo aquí,
más lo echo de menos.
intento asumir que mi mundo
fue su mundo durante mucho más tiempo.
Desde que sé que yo le quise más
intento calcular los niveles de nostalgia,
siempre según los terremotos de mi cuerpo,
y es difícil,
la magnitud de esos temblores no los mide ninguna escala Richter.
Ya te he contado la torpeza que ataca a mis piernas
cuando aparece de repente.
Ya sabes eso de que he naufragado a propósito
más de una vez en los mares que tiene por ojos,
y también que quemé mis naves cuando anclé en su piel
porque no tenía intención de volver de allí
a ninguna otra parte.
Sabes que encuentro en sus colmillos cuando sonríe,
una droga,
que consigue que me desespere y corte los finos hilos
que siguen atándome a la cordura,
en el infinito que pasa entre un mordisco y otro.
No lo perdí.
Fue un tren del que me echaron,
pero en vez de coger otro,
yo me quedé esperando en la estación,
por si volvía, aunque solo fuese de paso.
Ahora espero que llegue ese otro,
que me arregle las estaciones
y me salve de esperar trenes que recojan a otras
y se vayan sin mí.
No.
Miento.
Espero sin esperar nada nuevo en realidad,
porque he desaprendido a hacerlo.
No veo nada que no sea azul y
un poco chocolate.
No veo nada que no sea lluvia.
No veo nada que no sea...
todo lo que hubo y ya no hay.
Simplemente no te veo,
porque mi mundo se difumina a su alrededor.
Y me aferro a esa ceguera como si sus manos
fuesen mi braille,
y solo pudiese ver a través de ellas,
y siempre y solo a él.
No existe mayor masoquismo ni estupidez.
Cuanto más me desnudo aquí,
más lo echo de menos.
viernes, 22 de marzo de 2013
Laia
He escrito ya unas cuantas historias
hablando de una vagabunda
que me quita el sueño y come helado de madrugada,
conmigo.
La traigo a casa, la dejo trasnochar
y me trae rumbitas catalanas entre los rizos
con un lolailola, lolailola, lolailo.
Cantándome su acento y dividiendo siempre
su corazón
entre el mar y el león.
Consigue dedicar inviernos a respirar sal y arena
y para el verano reserva rugidos temerarios,
de esos de quedarse sin voz,
para todas y cada una de las verbenas.
Ella es la más caótica de las tormentas
que pueden pasar por tu casa.
Es de esas locas que te sonríen
y contagian.
Baila con más chulería que cualquiera.
Es guapa, vaya que si es guapa,
señores,
la más guapa.
No cumple promesas, es impuntual
despistada, desastre y algo cabezona,
pero leal,
es un desastre
en medio de todo ese torbellino salvaje
que pasa a la vez que ella.
Pero es mi vagabunda favorita,
y cumple años hoy.
Y necesito decirle que la quiero a sus veintiuno
igual que la quería cuando tenía una semana,
y la conocí por primera vez.
La misma ciudad nos vio nacer,
en el mismo mes,
y si no se me hubiese adelantado siete días
como una gata rápida,
podría decirle, hola pequeña, feliz cumple,
pero no,
debo decir, hola grande, feliz cumple leona,
disfruta ahora
que entramos en la década final
la que vale,
la de ser jóvenes eternamente,
la del tiempo de hacer cosas importantes.
Suerte en tu viaje,
suerte surcando los siete mares,
que a ti solo te hacen falta velas de papel
para encontrar en las olas mil velocidades,
suerte enamorando a los cinco continentes,
que no existe país que compita contigo en belleza
por más años que tengan sus edificios
o playas que intenten imitar paraísos,
que no hay edén más bonito que el rato de verte
venir deprisa y sonriendo,
pensándome en un abrazo
ganándome mientras me aprietas con fuerza de gigantes
contra ti,
y te ríes a carcajadas en mi oído,
dejándome sorda de felicidad.
Te echo de menos bella vagabunda.
Que guapa estás.
hablando de una vagabunda
que me quita el sueño y come helado de madrugada,
conmigo.
La traigo a casa, la dejo trasnochar
y me trae rumbitas catalanas entre los rizos
con un lolailola, lolailola, lolailo.
Cantándome su acento y dividiendo siempre
su corazón
entre el mar y el león.
Consigue dedicar inviernos a respirar sal y arena
y para el verano reserva rugidos temerarios,
de esos de quedarse sin voz,
para todas y cada una de las verbenas.
Ella es la más caótica de las tormentas
que pueden pasar por tu casa.
Es de esas locas que te sonríen
y contagian.
Baila con más chulería que cualquiera.
Es guapa, vaya que si es guapa,
señores,
la más guapa.
No cumple promesas, es impuntual
despistada, desastre y algo cabezona,
pero leal,
es un desastre
en medio de todo ese torbellino salvaje
que pasa a la vez que ella.
Pero es mi vagabunda favorita,
y cumple años hoy.
Y necesito decirle que la quiero a sus veintiuno
igual que la quería cuando tenía una semana,
y la conocí por primera vez.
La misma ciudad nos vio nacer,
en el mismo mes,
y si no se me hubiese adelantado siete días
como una gata rápida,
podría decirle, hola pequeña, feliz cumple,
pero no,
debo decir, hola grande, feliz cumple leona,
disfruta ahora
que entramos en la década final
la que vale,
la de ser jóvenes eternamente,
la del tiempo de hacer cosas importantes.
Suerte en tu viaje,
suerte surcando los siete mares,
que a ti solo te hacen falta velas de papel
para encontrar en las olas mil velocidades,
suerte enamorando a los cinco continentes,
que no existe país que compita contigo en belleza
por más años que tengan sus edificios
o playas que intenten imitar paraísos,
que no hay edén más bonito que el rato de verte
venir deprisa y sonriendo,
pensándome en un abrazo
ganándome mientras me aprietas con fuerza de gigantes
contra ti,
y te ríes a carcajadas en mi oído,
dejándome sorda de felicidad.
Te echo de menos bella vagabunda.
Que guapa estás.
De cómo decir adiós sin querer despedirse
Y de repente,
no me quedan más que mil preguntas
que parece que ya no voy a poder hacerte
y otras tantas que jamás quise preguntarte
pero les doy la espalda y me la llenan de dudas.
¿Compensa engañarse y tener contento al corazón por un rato?
Si en menos de lo que tarda un beso en suceder
vuelve a presentar batalla una ilusión
que creías moribunda,
y llega, y acojona,
pone las cartas que todavía no has escrito sobre la mesa,
con fuerza, reivindicando a gritos que no va a callar más,
tirándote a la cara el bozal y la voz a la vez.
Casi da tanto miedo que ella aparezca,
como saber que no tiene nada que hacer,
que la guerra lleva años perdida
y que pronto las dos vamos a darnos cuenta.
Ahí es cuando el reloj de tu vida,
cada vez que llega a en punto,
expone por la puertecilla del cuco,
un corazón atravesado
que late por inercia.
También te das cuenta de que no compensa pasar noches en vela
imaginando qué barcos estarán surcando ahora tu parte de mar favorita.
Quién estará mirándole a los ojos,
encontrando en ellos las cuerdas que sujeten su mundo,
justo antes de darle un beso.
Y tal vez descubras
cómo acabar a machetazos con las ganas
mientras ves llover una nube
que parece que llora todo lo que tú no puedes.
Y otra vez esa angustia en la garganta
que no hay quién vomite
y ese jodido punto latente en un pecho que ya ni va ni viene,
que respira de a poquitos por miedo a desgarrarse.
Dime, en qué puto momento me enamoré de ti,
en qué momento me convencí de que ya no lo estaba,
pero sobretodo,
en qué momento decidí obligarme a dejar de quererte.
En qué momento creí que podría añadirle puntos suspensivos a tu historia;
mi historia contigo,
no nuestra
nosotros dejó de existir,
nosotros no somos tú y yo,
porque para mi ya solo estás tú
y yo,
yo no pinto nada en esa vida tuya,
que me apetece secuestrar, todavía,
y llevarla a un parque,
dónde había un tubo que parecía estar allí
para cobijarnos de la lluvia,
que parecía saber que siempre que nos vemos llueve,
estrecho, lo justo para dos,
(ya sabes);
y no vernos acabar nunca.
Pero no se pueden alargar los desamores,
porque un desamor nunca está de paso,
no limpia sus huellas,
y es mucho peor cuando sabes que tú
todavía quieres seguirlas.
Porque un imposible no se hace posible,
aunque sea solo por un rato,
sin consecuencias.
Definitivamente no se puede besar en la boca
al fracaso
porque devuelve besos que podrían competir
con disparos de esos
que no alcanzan órganos vitales,
para que la muerte sea lenta,
y el desengaño, también.
No concibo tortura mayor, te lo juro,
que querer caer en la tentación del infierno que vende esa sonrisa tuya,
y sufrir de repente un ataque de cordura.
Volveré a pedirte perdón
por no ser capaz de olvidar.
No me odies,
no es a malas,
pero desaparece de una puta vez, amor.
no me quedan más que mil preguntas
que parece que ya no voy a poder hacerte
y otras tantas que jamás quise preguntarte
pero les doy la espalda y me la llenan de dudas.
¿Compensa engañarse y tener contento al corazón por un rato?
Si en menos de lo que tarda un beso en suceder
vuelve a presentar batalla una ilusión
que creías moribunda,
y llega, y acojona,
pone las cartas que todavía no has escrito sobre la mesa,
con fuerza, reivindicando a gritos que no va a callar más,
tirándote a la cara el bozal y la voz a la vez.
Casi da tanto miedo que ella aparezca,
como saber que no tiene nada que hacer,
que la guerra lleva años perdida
y que pronto las dos vamos a darnos cuenta.
Ahí es cuando el reloj de tu vida,
cada vez que llega a en punto,
expone por la puertecilla del cuco,
un corazón atravesado
que late por inercia.
También te das cuenta de que no compensa pasar noches en vela
imaginando qué barcos estarán surcando ahora tu parte de mar favorita.
Quién estará mirándole a los ojos,
encontrando en ellos las cuerdas que sujeten su mundo,
justo antes de darle un beso.
Y tal vez descubras
cómo acabar a machetazos con las ganas
mientras ves llover una nube
que parece que llora todo lo que tú no puedes.
Y otra vez esa angustia en la garganta
que no hay quién vomite
y ese jodido punto latente en un pecho que ya ni va ni viene,
que respira de a poquitos por miedo a desgarrarse.
Dime, en qué puto momento me enamoré de ti,
en qué momento me convencí de que ya no lo estaba,
pero sobretodo,
en qué momento decidí obligarme a dejar de quererte.
En qué momento creí que podría añadirle puntos suspensivos a tu historia;
mi historia contigo,
no nuestra
nosotros dejó de existir,
nosotros no somos tú y yo,
porque para mi ya solo estás tú
y yo,
yo no pinto nada en esa vida tuya,
que me apetece secuestrar, todavía,
y llevarla a un parque,
dónde había un tubo que parecía estar allí
para cobijarnos de la lluvia,
que parecía saber que siempre que nos vemos llueve,
estrecho, lo justo para dos,
(ya sabes);
y no vernos acabar nunca.
Pero no se pueden alargar los desamores,
porque un desamor nunca está de paso,
no limpia sus huellas,
y es mucho peor cuando sabes que tú
todavía quieres seguirlas.
Porque un imposible no se hace posible,
aunque sea solo por un rato,
sin consecuencias.
Definitivamente no se puede besar en la boca
al fracaso
porque devuelve besos que podrían competir
con disparos de esos
que no alcanzan órganos vitales,
para que la muerte sea lenta,
y el desengaño, también.
No concibo tortura mayor, te lo juro,
que querer caer en la tentación del infierno que vende esa sonrisa tuya,
y sufrir de repente un ataque de cordura.
Volveré a pedirte perdón
por no ser capaz de olvidar.
No me odies,
no es a malas,
pero desaparece de una puta vez, amor.
sábado, 16 de marzo de 2013
María
Es niña y es rubia como la cerveza,
pelo largo cayendo por toda la espalda
y casi siempre recogido en una trenza.
Igual que la cerveza,
si la besas, embriaga.
Es un sueño que un día tuvo el sol
y que guardó en secreto
hasta el penúltimo día de diciembre
para hacerle un regalo de invierno a la luna.
Nació con un par de cielos en la cara
que el resto de ojos no puede abarcar,
un par de péndulos azules que te encuentras de repente
cuando ella mira hacía arriba
y hacen que se te olvide respirar,
te dejas un poco de vida en ellos
mientras una voz en algún lugar de tu cabeza
se pregunta en qué momento alguien tan pequeño
ha podido robarte todas las palabras.
Es niña y es inocente,
lleva algo de mi misma sangre caliente,
pero a ella le hierve más.
Me recuerda a mí porque yo también fui
(y sigo siendo)
de las inocentes.
De las que se creían que si llovía
era porque los ángeles lloraban o meaban
(y mejor pensar que estaban siempre tristes),
y eso era cierto porque lo dijo mi abuela
y las abuelas nunca mienten.
A ella le hice creer que el jardín de nuestra abuela
estaba lleno de duendes
que no podíamos ver porque eran el plato favorito de los gatos
y vivían escondiéndose.
Pero que si alguna vez cazaba alguno,
sería inmensamente rica.
Le he hecho creer muchas cosas
pero no penséis que pobre niña inocente y mona,
porque sus historias siempre fueron mejores.
Y a mí, llegó a convencerme
de que de verdad había conseguido hacerse con uno de esos duendes.
Una vez me contó,
mientras fumaba un canuto de plástico
(así como hacen los mayores),
que ella sabía como hacer para fumar
y que no se le pusiesen malitos los pulmones
que nadie se había dado cuenta
pero solo había que fumar para afuera,
vamos, soplar.
Después de hacerme jurar que jamás contaría su secreto
me dejó reírme de alguna historia más.
Yo la miraba y la veía soltar mentiras
que me parecían más ciertas
que ninguna otra que se hubiese utilizado
alguna vez para convencer al mundo.
Si alguien quisiera encontrar la verdad
última,
solo tendría que preguntarle a ella.
Ella, que es un imposible hecho realidad.
Parece sobrenatural que en poco más de un metro
pueda caber tanta imaginación,
tanto mundo y tanta historia.
María es princesa de botas de fútbol
y Action Man,
a pesar de lo inocente, le va la aventura
y todo lo temerario.
Cuando suspira soñando con inventar un nuevo juego,
ese aliento es como el aleteo de la mariposa de Asía
que envía un huracán al otro lado del mundo,
se puede sentir como llega la tormenta
a todos los rincones de su casa.
Es imparable, es guapa y sabe ser buena
y mala
según como le salga, convenga o apetezca.
Cualquiera que la haya visto crecer,
jugar, reír, soñar y contar mentiras
un rato
ha sido incapaz de despedirse sin sentirlo.
Y no os cuento ya,
lo que nos ha hecho a aquellos
que la hemos visto cuando duerme.
Es como contemplar un mar en calma
después de haber hundido con olas de metros
todas las naves que se atrevieron a surcarlo.
No sabría describirlo de otra manera.
No sabría contarla mejor.
pelo largo cayendo por toda la espalda
y casi siempre recogido en una trenza.
Igual que la cerveza,
si la besas, embriaga.
Es un sueño que un día tuvo el sol
y que guardó en secreto
hasta el penúltimo día de diciembre
para hacerle un regalo de invierno a la luna.
Nació con un par de cielos en la cara
que el resto de ojos no puede abarcar,
un par de péndulos azules que te encuentras de repente
cuando ella mira hacía arriba
y hacen que se te olvide respirar,
te dejas un poco de vida en ellos
mientras una voz en algún lugar de tu cabeza
se pregunta en qué momento alguien tan pequeño
ha podido robarte todas las palabras.
Es niña y es inocente,
lleva algo de mi misma sangre caliente,
pero a ella le hierve más.
Me recuerda a mí porque yo también fui
(y sigo siendo)
de las inocentes.
De las que se creían que si llovía
era porque los ángeles lloraban o meaban
(y mejor pensar que estaban siempre tristes),
y eso era cierto porque lo dijo mi abuela
y las abuelas nunca mienten.
A ella le hice creer que el jardín de nuestra abuela
estaba lleno de duendes
que no podíamos ver porque eran el plato favorito de los gatos
y vivían escondiéndose.
Pero que si alguna vez cazaba alguno,
sería inmensamente rica.
Le he hecho creer muchas cosas
pero no penséis que pobre niña inocente y mona,
porque sus historias siempre fueron mejores.
Y a mí, llegó a convencerme
de que de verdad había conseguido hacerse con uno de esos duendes.
Una vez me contó,
mientras fumaba un canuto de plástico
(así como hacen los mayores),
que ella sabía como hacer para fumar
y que no se le pusiesen malitos los pulmones
que nadie se había dado cuenta
pero solo había que fumar para afuera,
vamos, soplar.
Después de hacerme jurar que jamás contaría su secreto
me dejó reírme de alguna historia más.
Yo la miraba y la veía soltar mentiras
que me parecían más ciertas
que ninguna otra que se hubiese utilizado
alguna vez para convencer al mundo.
Si alguien quisiera encontrar la verdad
última,
solo tendría que preguntarle a ella.
Ella, que es un imposible hecho realidad.
Parece sobrenatural que en poco más de un metro
pueda caber tanta imaginación,
tanto mundo y tanta historia.
María es princesa de botas de fútbol
y Action Man,
a pesar de lo inocente, le va la aventura
y todo lo temerario.
Cuando suspira soñando con inventar un nuevo juego,
ese aliento es como el aleteo de la mariposa de Asía
que envía un huracán al otro lado del mundo,
se puede sentir como llega la tormenta
a todos los rincones de su casa.
Es imparable, es guapa y sabe ser buena
y mala
según como le salga, convenga o apetezca.
Cualquiera que la haya visto crecer,
jugar, reír, soñar y contar mentiras
un rato
ha sido incapaz de despedirse sin sentirlo.
Y no os cuento ya,
lo que nos ha hecho a aquellos
que la hemos visto cuando duerme.
Es como contemplar un mar en calma
después de haber hundido con olas de metros
todas las naves que se atrevieron a surcarlo.
No sabría describirlo de otra manera.
No sabría contarla mejor.
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