viernes, 22 de marzo de 2013

De cómo decir adiós sin querer despedirse

Y de repente,
no me quedan más que mil preguntas
que parece que ya no voy a poder hacerte
y otras tantas que jamás quise preguntarte
pero les doy la espalda y me la llenan de dudas.
¿Compensa engañarse y tener contento al corazón por un rato?
Si en menos de lo que tarda un beso en suceder
vuelve a presentar batalla una ilusión
que creías moribunda,
y llega, y acojona,
pone las cartas que todavía no has escrito sobre la mesa,
con fuerza, reivindicando a gritos que no va a callar más,
tirándote a la cara el bozal y la voz a la vez.
Casi da tanto miedo que ella aparezca,
como saber que no tiene nada que hacer,
que la guerra lleva años perdida
y que pronto las dos vamos a darnos cuenta.
Ahí es cuando el reloj de tu vida,
cada vez que llega a en punto,
expone por la puertecilla del cuco,
un corazón atravesado
que late por inercia.
También te das cuenta de que no compensa pasar noches en vela
imaginando qué barcos estarán surcando ahora tu parte de mar favorita.
Quién estará mirándole a los ojos,
encontrando en ellos las cuerdas que sujeten su mundo,
justo antes de darle un beso.
Y tal vez descubras
cómo acabar a machetazos con las ganas
mientras ves llover una nube
que parece que llora todo lo que tú no puedes.
Y otra vez esa angustia en la garganta
que no hay quién vomite
y ese jodido punto latente en un pecho que ya ni va ni viene,
que respira de a poquitos por miedo a desgarrarse.
Dime, en qué puto momento me enamoré de ti,
en qué momento me convencí de que ya no lo estaba,
pero sobretodo,
en qué momento decidí obligarme a dejar de quererte.
En qué momento creí que podría añadirle puntos suspensivos a tu historia;
mi historia contigo,
no nuestra
nosotros dejó de existir,
nosotros no somos tú y yo,
porque para mi ya solo estás tú
y yo,
yo no pinto nada en esa vida tuya,
que me apetece secuestrar, todavía,
y llevarla a un parque,
dónde había un tubo que parecía estar allí
para cobijarnos de la lluvia,
que parecía saber que siempre que nos vemos llueve,
estrecho, lo justo para dos,
(ya sabes);
y no vernos acabar nunca.
Pero no se pueden alargar los desamores,
porque un desamor nunca está de paso,
no limpia sus huellas,
y es mucho peor cuando sabes que tú
todavía quieres seguirlas.
Porque un imposible no se hace posible,
aunque sea solo por un rato,
sin consecuencias.
Definitivamente no se puede besar en la boca
al fracaso
porque devuelve besos que podrían competir
con disparos de esos
que no alcanzan órganos vitales,
para que la muerte sea lenta,
y el desengaño, también.
No concibo tortura mayor, te lo juro,
que querer caer en la tentación del infierno que vende esa sonrisa tuya,
y sufrir de repente un ataque de cordura.
Volveré a pedirte perdón
por no ser capaz de olvidar.
No me odies,
no es a malas,
pero desaparece de una puta vez, amor.

4 comentarios:

  1. " Si en menos de lo que tarda un beso en suceder
    vuelve a presentar batalla una ilusión
    que creías moribunda,
    y llega, y acojona"

    Son como esas palabras que necesitas escribir y no sabes expresarlas, no salen de corazón y se pudren con él.

    Gracias por escribirlas,gracias por ocmpartirlas.

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  2. buen texto, llegue por twitter, interesante

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  3. "No concibo tortura mayor, te lo juro,
    que querer caer en la tentación del infierno que vende esa sonrisa tuya,
    y sufrir de repente un ataque de cordura."

    Y recordar, cielo de otra tormenta,cómo eras.

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