Y tú te dejas encontrar.
Nos volvemos juntos a otro verano que ya no sabemos si es recuerdo o sueño.
Donde te mandaba deseos de 15 céntimos: "Quiero que me dediques un rato, que me abraces y me beses hasta que se me fundan tus manos en la piel o se me sequen los labios. Quiero una noche de esas en que amanece y no nos damos cuenta"
Una noche de esas en que el sol se cuela por el resquicio de una ventana cerrada, y nosotros nos revolvemos sobre colchones polvorientos y nos abrazamos contra la luz.
Eres oasis, y por eso calmas, la sed y el hambre y las ganas. Pero no duras, no eres esa clase de oasis, y te vuelves espejismo si parpadeo. Te busco, intentando escapar, porque como dice mi oasis sempiterno: "Huir significa ir a buscarte" y con estás palabras de pan tan nostálgicas que le cambio por vigilar sus siestas o paseos, risas y caricias en la rodilla, me responde mil preguntas y me define por qué huyo, escapo, corro, desaparezco, vuelvo, y busco. Y te busco. A ti de momento, cómo buen espejismo que te empeñaste en ser cada vez que yo cerraba los ojos para pensarte, y tú creías que no te soñaba; a la razón de mi existencia a largo plazo, pero todavía tengo que huir de mucho más para eso.
Eres mi historia perenne con sabor a verano, primavera e invierno, y el olor a otoño que has dejado en mis labios al final.
Y sabes bien, y no dueles, como las espinas que vinieron después.
A veces pienso que después de ti nunca debió haber otros ojos. El color de la coca-cola es mucho más acolchado que el del mar. Nunca nadie debería fijarse en los ojos que hacen naufragar. Y menos si tienen dos islas desiertas en las que perderte. Y menos si esos mares se convierten en masas de olas enfurecidas un día de repente y te expulsan de sus pupilas, con todo lo que tú amabas, con todo lo que tú querías, con nada de lo que tú buscabas y todo de lo que huías. Pero hay cierto gozo morboso en ese pesar para todos los románticos. Por eso hasta me gusta un poco arrepentirme y considerarlo "error" y saber que acabó mal y querer que así sea. Por eso me gusta un poco tener una historia de esas tan feas, por ser espina y puñal, por ser tijera donde había tapices de hilo y dedal, por ser veneno que recorre las venas, por ser una de esas que cuesta olvidar.
Por ser una de esas que nadie recomienda.
Por ser una de esas que cuando ya no duelen, te hacen rabiar.
Como lo fuiste tú también, un invierno irritante en el que hizo demasiado frío y no había ni gota de chocolate.
Así que me quedo con mi oasis sempiterno que me inventa palabras los miércoles y el resto de días de la semana me las cuenta, que escribe frases que hacen entender historias, y que se queja conmigo de lo solas que estamos y de esa gente que nos conoce en los momentos más extraños de nuestra vida.
Mientras tanto yo sueño con mi tyler durden, mi alterego, mi Brad Pitt, que me dice:
Huye, de todas tus historias, si huir significa ir a buscarte, y buscarte (por definición) merece encontrar.
sábado, 3 de marzo de 2012
lunes, 20 de febrero de 2012
.
Una vez prometí que iba a querer hasta que se me parasen los pulsos, creyendo en la imposibilidad de que ciertas cosas sucedan, como hacer un beso eterno por el simple hecho de fotografiarlo, o que de dos mosquitos atrapados en el ámbar se pueda extraer de verdad adn, pero sí, hay cosas imposibles que pasan. Y a mí se me pararon los pulsos, y quedé suspendida en un limbo de frustración y pesar y dramadicción. Me iban envenenando los besos regalados, despegando la piel de los labios. Me desaté en un frenesí sin limites cuando volviste, pensando en aprovecharte al máximo y exprimirte hasta la ultima gota o la última palabra bonita que tuvieses para mí. Confiando absurdamente en que tal vez quedase algo de aquella persona a la que yo le prometí que, si el pulso seguía bailandome en el cuello y las muñecas al son de los latidos, seguiría queriendo de la misma manera. Pero dime, ¿qué valor tienen las promesas hechas a alguien que ya no existe? Cuando desapareciste se rompieron también todos los hilos que formaban los tapices de colores brillantes que tejí para ti en Times New Roman y de los que te hacía lecturas suspiradas. Y mejor, teniendo en cuenta que quererte fue lo peor que pude hacer, porque nunca supe hacerlo.
Después de aquello me metí en sueños de bulevares y me creí mujer fatal, me descontrolé y me perdí, y fui de corazón en corazón dejando el mío por el camino sin rastro de migas de pan. Y convirtiéndome a la vez en esa nube larga que queda al paso de los aviones en el cielo, y que solo ven los que están abajo, muy muy abajo.
Cometiendo excesos, y exigiendo gangsters pero conformándome con pobres espanta-pájaros que buscaban también su miedo. Y cuando no, me lanzaba desde lo alto de cascadas a vacíos sin agua, imitando a una Pocahontas imprudente que no hacía caso a consejos de Sauce. Me regodeé en amarguras intentando taparlas con montañas de azúcar y dando mil mordiscos a manzanas prohibidas. Siguiendo los pasos de Eva y engañando Adanes.
Con una especie de mueca por sonrisa y sin boca de fresa, me dedicaban la canción de 'Princesa' por lo de la camisa sucia e ir cambiando de perro ladrador. Mi vida se convirtió en una comedia en blanco y negro con bombines y bigotes a lo Chaplin y carcajadas silenciosas.
Ya nadie me sigue en los viajes. Ni se esconde en las esquinas de mi calle a verme entrar en el portal.
Y entiendo las mil razones de la nueva yo, dejando pasar los trenes fantasma que me invento traqueteando vías muertas.
Pero intento tratarme y voy inyectándome en vena dosis diarias de cosas bonitas, y no me va mal. Es tan fácil enamorarse en Madrid. Aunque a veces Madrid sea un desierto de asfalto.
Supongo que todos nos sentimos alguna vez como en un desierto, con distintos tipos de sed y hambre y distintos tipos de soledad.
La vida es muy triste sin cosquillas. Y para la gente que las tiene escondidas como yo, todavía más. Sobretodo cuando nadie quiere aprenderte y tú te estudias a fondo a la primera persona que te inquieta y se te antoja interesante. Vives buscando especies a estudiar. Y con ese miedo de no dejarte emocionar demasiado, porque una pequeña taquicardia puede explotar un corazón pequeño, o hacer astillas un corazón helado. Helado de frío. Porque algunos se han llevado su calor. Y solo nos queda decir adiós. Con el dedo corazón y un buen corte de mangas. O hasta luego, con los labios húmedos y cierto sabor amargo a beso robado.
Después de aquello me metí en sueños de bulevares y me creí mujer fatal, me descontrolé y me perdí, y fui de corazón en corazón dejando el mío por el camino sin rastro de migas de pan. Y convirtiéndome a la vez en esa nube larga que queda al paso de los aviones en el cielo, y que solo ven los que están abajo, muy muy abajo.
Cometiendo excesos, y exigiendo gangsters pero conformándome con pobres espanta-pájaros que buscaban también su miedo. Y cuando no, me lanzaba desde lo alto de cascadas a vacíos sin agua, imitando a una Pocahontas imprudente que no hacía caso a consejos de Sauce. Me regodeé en amarguras intentando taparlas con montañas de azúcar y dando mil mordiscos a manzanas prohibidas. Siguiendo los pasos de Eva y engañando Adanes.
Con una especie de mueca por sonrisa y sin boca de fresa, me dedicaban la canción de 'Princesa' por lo de la camisa sucia e ir cambiando de perro ladrador. Mi vida se convirtió en una comedia en blanco y negro con bombines y bigotes a lo Chaplin y carcajadas silenciosas.
Ya nadie me sigue en los viajes. Ni se esconde en las esquinas de mi calle a verme entrar en el portal.
Y entiendo las mil razones de la nueva yo, dejando pasar los trenes fantasma que me invento traqueteando vías muertas.
Pero intento tratarme y voy inyectándome en vena dosis diarias de cosas bonitas, y no me va mal. Es tan fácil enamorarse en Madrid. Aunque a veces Madrid sea un desierto de asfalto.
Supongo que todos nos sentimos alguna vez como en un desierto, con distintos tipos de sed y hambre y distintos tipos de soledad.
La vida es muy triste sin cosquillas. Y para la gente que las tiene escondidas como yo, todavía más. Sobretodo cuando nadie quiere aprenderte y tú te estudias a fondo a la primera persona que te inquieta y se te antoja interesante. Vives buscando especies a estudiar. Y con ese miedo de no dejarte emocionar demasiado, porque una pequeña taquicardia puede explotar un corazón pequeño, o hacer astillas un corazón helado. Helado de frío. Porque algunos se han llevado su calor. Y solo nos queda decir adiós. Con el dedo corazón y un buen corte de mangas. O hasta luego, con los labios húmedos y cierto sabor amargo a beso robado.
sábado, 11 de febrero de 2012
'Tú eres la razón de mi existencia'
Construyendo diques a tus glándulas lacrimogenas, no te vas a salvar.
Algún día se desatarán oleajes de dolor, y a saber a quien alcanzan.
Estás vacía como las piscinas en invierno. No es lo mismo si no hay chicos malos. Echas de menos. Tu amor echa de menos que le sean infiel. Necesitas un loco otra vez en tu vida. Que te dé la vuelta a la tortilla en el aire. Igual que te las da a ti en los paseos. Que te llene, cómo las botellas de agua. Aunque sea a medias. Que te quiera o no, da igual, lo importante es lo que tú sientas. E inmolarte como una puta kamikaze en el mejor dolor que existe. En la misión más peligrosa y atractiva de todas, la de buscar a la mariposa de Vietnam que llene tu vida de 24 horas de micro-momentos de felicidad. Que te invente los recuerdos y las mil formas de explotar tus 8 sonrisas, que te enseñe la caricia que tienes al final de la linea oblicua de tu mandíbula. Y te dé los besos que guardas en las comisuras, sin candado. Que te regale bolas del mundo y se esconda debajo de tu cama. Que te escriba en la espalda las cosas que no quiere que olvides nunca. Y te ayude a leer en el braille de las caricias suaves de las yemas de sus dedos y aprender con la memoria de la piel. Que te dé todos los besos cómo si fueran el primero y rebobine una y otra vez la sensación de resurrección de la pequeña mariposa en el estomago, y el cosquilleo de su aleteo.
Entonces puedes dejarte llevar por los terremotos, como si de tu estomago a tus labios, tus brazos, tus ojos, tus piernas, tus pulmones y tu corazón hubiese la misma distancia que de aquí a Japón. Y cuando te invaden esos terremotos, esos temblores, las taquicardias, la falta de aire, los huracanes, y te inundan por dentro, solo hay un acto capaz de exponerlo para intentar mostrárselo a él. Y todos sabemos cual es. No hay lenguaje más elocuente que el del propio cuerpo. Y no hay forma humana de parar eso que se siente. Y si la que escribe supiese de lo que habla, tal vez todo esto sería más creíble. Tal vez no serían solo imágenes. Tal vez podríamos hablar de amores improbables. Amores de esos que todavía no existen, pero que uno se imagina todos los días. Y es que yo: soy frío si no puedo calentar mis pies en tus piernas. Soy demente sin tus conversaciones irónicas y desvariantes. Soy enferma sin un beso de buenas noches. Soy tatuadora si tú me lo pides, y dibujo los ángeles que quieras rodeándote las caderas, usando tinta o saliva, siempre lo que tú prefieras. Soy eddin para escribirte poemas de amor en la espalda. Soy insomne si no duermo contigo. Soy una adicta atormentada por el mono si estamos más de seis horas sin hacer el amor. Soy alma pérdida si no existes. Por eso te invento. Porque sino, no existo. Y porque inventarte, me hace inmortal.
Algún día se desatarán oleajes de dolor, y a saber a quien alcanzan.
Mil y un tsunamis entre tus pestañas que llegan al borde y vuelven atrás.
Sigues buscando a alguien que te dé vueltas en el aire durante paseos poco tranquilos. Tal vez pongas carteles con un "wanted", de se busca y de querer.
Tal vez empapeles todo el Retiro. Y aún así no te salvarás.
No te salvará huir del invierno a lugares donde te roce el sol. Porque el sol ya no te toca.
Tienes pesadillas que brillan de angustia, donde te asfixias en abrazos de bufandas que cogen forma de piel de serpiente. Te sepultan en arcilla y esculpen contigo dentro un cuerpo más bonito, una persona más interesante, alguien mejor y más fácil de querer. Rompen a mordiscos tus sueños de cartón piedra. Y nadie te salva.
Escondes el corazón en vasos, y rebosa de amor. Pero a tus cartas se les borró la dirección, y no volverás a escribirles remite por vergüenza.
Te cuesta respirar en los paseos nocturnos por Madrid. Porque las luces de las farolas te sobrecogen.Tal vez empapeles todo el Retiro. Y aún así no te salvarás.
No te salvará huir del invierno a lugares donde te roce el sol. Porque el sol ya no te toca.
Tienes pesadillas que brillan de angustia, donde te asfixias en abrazos de bufandas que cogen forma de piel de serpiente. Te sepultan en arcilla y esculpen contigo dentro un cuerpo más bonito, una persona más interesante, alguien mejor y más fácil de querer. Rompen a mordiscos tus sueños de cartón piedra. Y nadie te salva.
Escondes el corazón en vasos, y rebosa de amor. Pero a tus cartas se les borró la dirección, y no volverás a escribirles remite por vergüenza.
Estás vacía como las piscinas en invierno. No es lo mismo si no hay chicos malos. Echas de menos. Tu amor echa de menos que le sean infiel. Necesitas un loco otra vez en tu vida. Que te dé la vuelta a la tortilla en el aire. Igual que te las da a ti en los paseos. Que te llene, cómo las botellas de agua. Aunque sea a medias. Que te quiera o no, da igual, lo importante es lo que tú sientas. E inmolarte como una puta kamikaze en el mejor dolor que existe. En la misión más peligrosa y atractiva de todas, la de buscar a la mariposa de Vietnam que llene tu vida de 24 horas de micro-momentos de felicidad. Que te invente los recuerdos y las mil formas de explotar tus 8 sonrisas, que te enseñe la caricia que tienes al final de la linea oblicua de tu mandíbula. Y te dé los besos que guardas en las comisuras, sin candado. Que te regale bolas del mundo y se esconda debajo de tu cama. Que te escriba en la espalda las cosas que no quiere que olvides nunca. Y te ayude a leer en el braille de las caricias suaves de las yemas de sus dedos y aprender con la memoria de la piel. Que te dé todos los besos cómo si fueran el primero y rebobine una y otra vez la sensación de resurrección de la pequeña mariposa en el estomago, y el cosquilleo de su aleteo.
Entonces puedes dejarte llevar por los terremotos, como si de tu estomago a tus labios, tus brazos, tus ojos, tus piernas, tus pulmones y tu corazón hubiese la misma distancia que de aquí a Japón. Y cuando te invaden esos terremotos, esos temblores, las taquicardias, la falta de aire, los huracanes, y te inundan por dentro, solo hay un acto capaz de exponerlo para intentar mostrárselo a él. Y todos sabemos cual es. No hay lenguaje más elocuente que el del propio cuerpo. Y no hay forma humana de parar eso que se siente. Y si la que escribe supiese de lo que habla, tal vez todo esto sería más creíble. Tal vez no serían solo imágenes. Tal vez podríamos hablar de amores improbables. Amores de esos que todavía no existen, pero que uno se imagina todos los días. Y es que yo: soy frío si no puedo calentar mis pies en tus piernas. Soy demente sin tus conversaciones irónicas y desvariantes. Soy enferma sin un beso de buenas noches. Soy tatuadora si tú me lo pides, y dibujo los ángeles que quieras rodeándote las caderas, usando tinta o saliva, siempre lo que tú prefieras. Soy eddin para escribirte poemas de amor en la espalda. Soy insomne si no duermo contigo. Soy una adicta atormentada por el mono si estamos más de seis horas sin hacer el amor. Soy alma pérdida si no existes. Por eso te invento. Porque sino, no existo. Y porque inventarte, me hace inmortal.
'Tú eres la razón de mi existencia: Si no te conozco no he vivido, si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido'
Luis Cernuda.
martes, 24 de enero de 2012
.
"Echo de menos los cuellos. Me alisté al ejercito del verano para hacerle la guerra a las bufandas. Ya solo nos quedan 158 días de lucha. Besos en la nariz y apretones de manos son duros aliados contra el frío. Pero aquí no tengo a nadie con quien compartirlos. Te echo de menos. Creo que conseguimos derrotar a la nieve la ultima vez, todavía ni un copito.
Aunque de momento perdemos la batalla, sobretodo porque el enemigo se ha aliado a narices frías y estornudos... pero tenemos tiempo. Tenemos tiempo. Cada vez que perdemos me acuerdo de ti. Y de todas tus victorias en la cama, tú siempre ganabas, aunque no tuvieses ni un puntito de razón.
Seguimos en ello. Confiamos. Parece que hace menos frío.
Y de repente una mañana amanece y todo está blanco. Hasta el cielo es blanco, ¿donde está el naranja? Hace más frío que nunca, y hiela y se resbala el alma. Y tropiezo, como siempre pero más. ¿Te acuerdas de como me sujetabas cada vez? Eran paseos interesantes ¿verdad?
Yo y los inviernos buscábamos el calor queriendo equivocarnos en lo cierto y volver a estar al borde de los precipicios. Al ardor de la adrenalina. Cómo cuando se acercaban tus labios.
Tengo dudas, no sé si desertar de la lucha, porque todo ha cambiado, parece que este manto blanco envuelve el corazón. Te invade la nostalgia y la magia de una ciudad de cuento de nieve. Y disfrutas y empiezas a pensar que no importa el frío, que vale la pena caminar melancólica por las calles milenarias y vetustas.
Dormimos en trincheras de arena con olor a mar. El uniforme es un pantalón corto militar y camiseta blanca de tirantes, estoy a punto de coger una pulmonía. Pero seguimos cabezones contra el frío, no hay dolor. Mis pies no piensan lo mismo. Definitivamente dejo esta guerra absurda, cuando acabe esta carta me pongo una bufanda, un gorro, guantes y botas y huyo rápido a buscarte, espérame en la cama y calienta las sábanas, que dos minutos después de que recibas esta carta estaré dándote un beso.
Te quiero"
Hacía tanto que no escribía un te quiero sin dirección.
Aunque de momento perdemos la batalla, sobretodo porque el enemigo se ha aliado a narices frías y estornudos... pero tenemos tiempo. Tenemos tiempo. Cada vez que perdemos me acuerdo de ti. Y de todas tus victorias en la cama, tú siempre ganabas, aunque no tuvieses ni un puntito de razón.
Seguimos en ello. Confiamos. Parece que hace menos frío.
Y de repente una mañana amanece y todo está blanco. Hasta el cielo es blanco, ¿donde está el naranja? Hace más frío que nunca, y hiela y se resbala el alma. Y tropiezo, como siempre pero más. ¿Te acuerdas de como me sujetabas cada vez? Eran paseos interesantes ¿verdad?
Yo y los inviernos buscábamos el calor queriendo equivocarnos en lo cierto y volver a estar al borde de los precipicios. Al ardor de la adrenalina. Cómo cuando se acercaban tus labios.
Tengo dudas, no sé si desertar de la lucha, porque todo ha cambiado, parece que este manto blanco envuelve el corazón. Te invade la nostalgia y la magia de una ciudad de cuento de nieve. Y disfrutas y empiezas a pensar que no importa el frío, que vale la pena caminar melancólica por las calles milenarias y vetustas.
Dormimos en trincheras de arena con olor a mar. El uniforme es un pantalón corto militar y camiseta blanca de tirantes, estoy a punto de coger una pulmonía. Pero seguimos cabezones contra el frío, no hay dolor. Mis pies no piensan lo mismo. Definitivamente dejo esta guerra absurda, cuando acabe esta carta me pongo una bufanda, un gorro, guantes y botas y huyo rápido a buscarte, espérame en la cama y calienta las sábanas, que dos minutos después de que recibas esta carta estaré dándote un beso.
Te quiero"
Hacía tanto que no escribía un te quiero sin dirección.
Terremoto rubio en el mundo Playmobil
Y el cuento de una luna que por más que brillase no le hacía competencia a los diamantes que rodean dos pupilas que te cuentan la historia del pirata mala pata y un Barba Negra de barba blanca. Del playmobil con el ojo morado que se llevaban en ambulancia y cómo había encontrado vendas mágicas que tardan dos minutos en curar. Del avión que se estrella contra un barco y la historia de amor que surge del accidente.
Un pequeño sueño de muñeca torpe que en lo que te baila su historia se cae una vez por cada coma. Por hacer más entretenida la pausa. Te sumerge en su imaginación y ya te tiene hipnotizada, aunque le prepares la merienda y la deje sobre el primer cajón, te diga que luego se lo acaba y te lo encuentres al día siguiente en el mismo sitio, pan Bimbo duro y jamón seco. Pero se lo dices y se ríe y te manda la regañina al parque donde se olvidan las broncas. Y es que ella sabe que sonríe y deja rastro de corazones compungidos.
Despierta huracanes en la alfombra, y te absorbe y ya no sabes ni donde estás.
Es poco más de medio metro y destaca por encima de todos.
Tiene efecto rebote de encanto que dura por semanas.
Es una trenza rubia que te enreda en su mundo y ni quieres ni puedes escapar, te sube a la torre como la más bella Rapunzel y te quedas viciado a sus historias eternamente. Y no existe centro de rehabilitación ni cura para esa droga de cuento y sonrisa. Es ella solita, con sus nueve primaveras, la que consigue todo eso y más. Y nos vuelve locos y todavía no nos la comemos, pero nos falta poco.
Nuestro pequeño desastre:
Un pequeño sueño de muñeca torpe que en lo que te baila su historia se cae una vez por cada coma. Por hacer más entretenida la pausa. Te sumerge en su imaginación y ya te tiene hipnotizada, aunque le prepares la merienda y la deje sobre el primer cajón, te diga que luego se lo acaba y te lo encuentres al día siguiente en el mismo sitio, pan Bimbo duro y jamón seco. Pero se lo dices y se ríe y te manda la regañina al parque donde se olvidan las broncas. Y es que ella sabe que sonríe y deja rastro de corazones compungidos.
Despierta huracanes en la alfombra, y te absorbe y ya no sabes ni donde estás.
Es poco más de medio metro y destaca por encima de todos.
Tiene efecto rebote de encanto que dura por semanas.
Es una trenza rubia que te enreda en su mundo y ni quieres ni puedes escapar, te sube a la torre como la más bella Rapunzel y te quedas viciado a sus historias eternamente. Y no existe centro de rehabilitación ni cura para esa droga de cuento y sonrisa. Es ella solita, con sus nueve primaveras, la que consigue todo eso y más. Y nos vuelve locos y todavía no nos la comemos, pero nos falta poco.
Nuestro pequeño desastre:
viernes, 13 de enero de 2012
Madrugadas
No hospedo más suspiros entre sábanas,
no regalo corazón a gangsters ni canallas.
Ya no me dejo romper,
no siento, pero miento.
No quedan cuentos que creer.
Me contaron las mil y una noches en verso de miel.
Y me bajaron lunas rojas, manchadas de sangre, sangre de espinas de rosa.
Regalo de cobardes.
Camino temblando, no de miedo, no se tiene miedo cuando no se tiene qué perder,
tropiezo, pero no importa, todavía me levanto.
No me voy a romper.
La niebla es densa.
Pero siento que me apuntan desde las sombras.
Te he visto.
Deja de atacarme con esos ojos de mar,
que ya he mandado los aleteos de mariposa a Japón,
y yo aquí solo espero terremotos.
Cambio de número, de casa, de ciudad, de país, de manos, de besos, de nariz y hasta de entrepierna, con tal de que no me busques más.
No hubo jamás invierno tan triste.
Que se mueran Diciembre y Frío y su afán por hacer que todo el mundo camine abrazado.
Que mueran entre esos guantes que no me dan la mano.
Que sufran, si me reservan las estalactitas de la nariz solo para mí.
Sin opción de besos calientes a la vuelta de ninguna esquina.
Sin remedio de café, que cure la helada que tengo por dentro.
Voy a condenar a este Enero al rincón de los inviernos feos que dolieron.
Castigado por no sepultar con nieve los recuerdos.
Se echa de menos:
Hacerme inmortal luchando entre colchones,
con uno no bastaba.
Y perder las sábanas, la cordura y el tiempo.
Pero sé que te voy a olvidar en alguna esquina de la ciudad.
Huirás.
Madrid me va a enseñar a contar tu historia empezando por el final.
Y tú huirás.
Como todos los cobardes.
Tú, anti-adictos al riesgo.
no regalo corazón a gangsters ni canallas.
Ya no me dejo romper,
no siento, pero miento.
No quedan cuentos que creer.
Me contaron las mil y una noches en verso de miel.
Y me bajaron lunas rojas, manchadas de sangre, sangre de espinas de rosa.
Regalo de cobardes.
Camino temblando, no de miedo, no se tiene miedo cuando no se tiene qué perder,
tropiezo, pero no importa, todavía me levanto.
No me voy a romper.
La niebla es densa.
Pero siento que me apuntan desde las sombras.
Te he visto.
Deja de atacarme con esos ojos de mar,
que ya he mandado los aleteos de mariposa a Japón,
y yo aquí solo espero terremotos.
Cambio de número, de casa, de ciudad, de país, de manos, de besos, de nariz y hasta de entrepierna, con tal de que no me busques más.
No hubo jamás invierno tan triste.
Que se mueran Diciembre y Frío y su afán por hacer que todo el mundo camine abrazado.
Que mueran entre esos guantes que no me dan la mano.
Que sufran, si me reservan las estalactitas de la nariz solo para mí.
Sin opción de besos calientes a la vuelta de ninguna esquina.
Sin remedio de café, que cure la helada que tengo por dentro.
Voy a condenar a este Enero al rincón de los inviernos feos que dolieron.
Castigado por no sepultar con nieve los recuerdos.
Se echa de menos:
Hacerme inmortal luchando entre colchones,
con uno no bastaba.
Y perder las sábanas, la cordura y el tiempo.
Pero sé que te voy a olvidar en alguna esquina de la ciudad.
Huirás.
Madrid me va a enseñar a contar tu historia empezando por el final.
Y tú huirás.
Como todos los cobardes.
Tú, anti-adictos al riesgo.
Y yo, una yonki de la adrenalina de las caídas y de los precipicios.
lunes, 2 de enero de 2012
Despedidas amargas y bienvenidas que no llegan.
Odio a los enamorados, y no quiero evitarlo.
Odio Diciembre y su frío que invita a caminar pegados.
Odio este invierno sin nieve que me está matando.
No tengo a nadie a quien decirle "yo aquí odiando todo, y tú ya no estás"
porque no hay nadie que debiera estar. Nadie que se merezca la dirección de un sobre con mis letras.
Ni que merezca una vida de recuerdos dejada atrás.
Ya no consuela ni el sexo sin amor. Ni el recuerdo de aquel "hacer el amor" que en realidad era solo sexo.
Ya no consuela pensar cómo creía que te engañaba cuando me acostaba en tu cama. Cómo creía que controlaba la sensación de tu olor. Ya no consuela nada.
Todo el mundo se despide de un año que se va, de un año más de vida.
Nunca empecé tan mal desde la primera mañana. Y echo de menos la nieve y el frío y mi cuerpo ardiendo de fiebre al rozarte. La lluvia mojándome los labios y el pelo, acariciándome mejor que tú y con más cuidado y dedicación, como para no romper piel de porcelana.
Echo de menos aquella cosa indefinida que corría de arriba a abajo por mi tripa y me hacía creer que si mantenía la sensación me haría inmortal. Valiente e inmortal. Para recordarte aquella vez que comenzaste a creer que nada podría destruirte, destruirnos.
Sin embargo, no fue tan duro comprobar que esa sensación es tan corta como lo eran tus besos.
Tenías breve encanto.
Fuiste breve, pero intenso, como todas las mentiras.
Tan falsamente cierto todo tú como mis "te quiero". Tan dolorosamente imperfecto y distinto. Tan repentinamente cruel y cínico.
Y gracias a dios, fuiste.
Aunque siga sin poder terminar un texto no hablando de ti.
Odio Diciembre y su frío que invita a caminar pegados.
Odio este invierno sin nieve que me está matando.
No tengo a nadie a quien decirle "yo aquí odiando todo, y tú ya no estás"
porque no hay nadie que debiera estar. Nadie que se merezca la dirección de un sobre con mis letras.
Ni que merezca una vida de recuerdos dejada atrás.
Ya no consuela ni el sexo sin amor. Ni el recuerdo de aquel "hacer el amor" que en realidad era solo sexo.
Ya no consuela pensar cómo creía que te engañaba cuando me acostaba en tu cama. Cómo creía que controlaba la sensación de tu olor. Ya no consuela nada.
Todo el mundo se despide de un año que se va, de un año más de vida.
Nunca empecé tan mal desde la primera mañana. Y echo de menos la nieve y el frío y mi cuerpo ardiendo de fiebre al rozarte. La lluvia mojándome los labios y el pelo, acariciándome mejor que tú y con más cuidado y dedicación, como para no romper piel de porcelana.
Echo de menos aquella cosa indefinida que corría de arriba a abajo por mi tripa y me hacía creer que si mantenía la sensación me haría inmortal. Valiente e inmortal. Para recordarte aquella vez que comenzaste a creer que nada podría destruirte, destruirnos.
Sin embargo, no fue tan duro comprobar que esa sensación es tan corta como lo eran tus besos.
Tenías breve encanto.
Fuiste breve, pero intenso, como todas las mentiras.
Tan falsamente cierto todo tú como mis "te quiero". Tan dolorosamente imperfecto y distinto. Tan repentinamente cruel y cínico.
Y gracias a dios, fuiste.
Aunque siga sin poder terminar un texto no hablando de ti.
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