viernes, 13 de enero de 2012

Madrugadas

No hospedo más suspiros entre sábanas,
no regalo corazón a gangsters ni canallas.
Ya no me dejo romper,
no siento, pero miento.
No quedan cuentos que creer.
Me contaron las mil y una noches en verso de miel.
Y me bajaron lunas rojas, manchadas de sangre, sangre de espinas de rosa.
Regalo de cobardes.
Camino temblando, no de miedo, no se tiene miedo cuando no se tiene qué perder,
tropiezo, pero no importa, todavía me levanto.
No me voy a romper.
La niebla es densa.
Pero siento que me apuntan desde las sombras.
Te he visto.
Deja de atacarme con esos ojos de mar,
que ya he mandado los aleteos de mariposa a Japón,
y yo aquí solo espero terremotos.
Cambio de número, de casa, de ciudad, de país, de manos, de besos, de nariz y hasta de entrepierna, con tal de que no me busques más.
No hubo jamás invierno tan triste.
Que se mueran Diciembre y Frío y su afán por hacer que todo el mundo camine abrazado.
Que mueran entre esos guantes que no me dan la mano.
Que sufran, si me reservan las estalactitas de la nariz solo para mí.
Sin opción de besos calientes a la vuelta de ninguna esquina.
Sin remedio de café, que cure la helada que tengo por dentro.
Voy a condenar a este Enero al rincón de los inviernos feos que dolieron.
Castigado por no sepultar con nieve los recuerdos.
Se echa de menos:
Hacerme inmortal luchando entre colchones,
con uno no bastaba.
Y perder las sábanas, la cordura y el tiempo.
Pero sé que te voy a olvidar en alguna esquina de la ciudad.
Huirás.
Madrid me va a enseñar a contar tu historia empezando por el final.
Y tú huirás.
Como todos los cobardes.




Tú, anti-adictos al riesgo.
Y yo, una yonki de la adrenalina de las caídas y de los precipicios.

1 comentario:

  1. Hoy me terminas enamorando, y a ver qué hacemos.
    Eres grande pero grande grande.
    Qué bonito conocerte, qué gran suerte

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