miércoles, 7 de diciembre de 2011

Tiembla

Había sido mil y una noches de cuentos entre sus sábanas, desengaño en su entrecejo y un analgésico para olvidar otros labios. Fue fraude para sus manos que buscaban siempre acariciar más hondo cuando sabía que no le iba a permitir llegar nunca a su rincón secreto del fondo a la derecha. Fue variante enloquecida de sus visitas, puso del revés su mundo y todas sus historias por contar. Fue beso donde faltaban palabras que ambos echaban de más, y fue permiso de vuelo hasta sus pestañas en primera línea de mar. En aquel crucero que surcaba mares encarcelados en un par de iris.
Jugaba con sus detalles así como él jugaba con las llaves que abrían las catorce puertas de su órgano vital. También le prestó los frasquitos de cristal que necesitaba para encogerse y entrar. Acomodó un apartamento de cuatro paredes en una bohardilla escondida en la cuarta esquina del Madrid que fue escenario de todas las fantasías que se hospedaban en sus ventrículos. Lo lleno de cojines de colores y un colchón con sábanas verdes donde dormían siempre juntos. Algunas lámparas naranjas y una cocina con tazas de café y cacharros viejos. Fundió el verde de sus ojos con la luz de los flexos y los dejó en un simple marrón cálido que pudiese arroparle en Diciembre mientras ella estudiaba el segundo de movimiento de su pecho al respirar. Convirtió aquel Diciembre en un sueño romántico de viajes en el tiempo a sus épocas favoritas.
Sirvió para comer adverbios en varios idiomas, como el "am liebsten" alemán, para dejar claras sus preferencias por él, saboreando su pronunciación desde la raíz que tiene tanto que ver con el amor. Llegaba la hora del postre y ella tenía antojo de fondue de sus lunares, pero ya se habían vuelto inalcanzables. Estaban tan lejos de las yemas de sus dedos que casi no podía imaginarlos. Se escapó de la bohardilla de la esquina cuarta del Madrid fantástico de sus ventrículos, y los cojines, lámparas, tazas de café y el colchón de sábanas verdes donde ya solo dormiría ella. Que volvió a colgar el cartel de cerrado por obras en las catorce puertas carcomidas de su corazón, que ya no cerraban bien y decidió mandar por correo certificado todas las sensaciones que provocaron sus besos, sin remite y a algún rincón perdido bien al norte.
Siempre que escribía acababa con un adiós sin punto, inundando de final todavía más el significado de esas cinco letras, derrochando fuerza y tinta en la tilde, y firmaba: "tu utopía efímera que sigue temblando".

2 comentarios:

  1. No me extraña que en esta última entrada tuya, nadie se haya atrevido a comentar nada... yo solo me atrevo a señalar mi ausencia de palabras...

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  2. Es complicado comentar algo al respecto. Complicado por la complejidad de la historia, por lo completa que está y por que, este tipo de textos, están para saborearlos, disfrutarlos y seguir con su sabor en la retina antes que destrozarlos con palabras indebidas.

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