sábado, 23 de febrero de 2019

Bajo el puente de los suicidas


Pienso en ti y el mar cambia de textura.
Aparece tu tristeza,
la paciencia de los atardeceres,
tu manera de envolverte en azules,
el suspiro ante la melancolía de los otros, 
el amor que veías en el dibujo de mis ojos;
yo debí quererte más.

Pienso en ti y siento la nostalgia de los adioses,
la playa enarbolando sus rocas resilientes,
el silencio desdibujándose desde los acantilados,
un sábado mirando a los ojos
a aquella tormenta del norte.

No pienses que añoro la lluvia sobre tus labios,
o el ansia arremetiendo contra tu portal
(deseo de alguien que ya no conozco).
No pienses que quiero rescatar un cuerpo muerto;
ya he plantado amapolas sobre los restos
de aquello que pudo nacer en nosotros.

Sólo pretendo recordarme que debí quererte más.

Recordar, por ejemplo, 
el beso que parpadea en mi mente
y que no encuentro,
un paisaje que se desvela en tu carrete
o el comienzo de la noche pidiéndote cobijo;
sé que sucedió y no lo encuentro.

Recordar con asombro, 
lo mágica que se antojaba Madrid
cuando tú hablabas de su luz,
o mis dientes encarcelando la duda 
para no contarte que quizá...
no sucedió, no quiero encontrarlo.

Asumir que mi verdad a medias 
fue una espina en tu pecho
y que merecía todos los olvidos.

Desistir, y no volver a rozar tu pelo,
y gritarle al murmullo en las yemas de mis dedos
que ellas quisieron perderse lo.

Volver a dormir, estar a gusto sin ti.
Recordar que pude quererte mejor.

La ilusión se esfuma y eso mata.
Mueren los azules, la noche, el verano, 
el sol, las farolas, la ciudad, el futuro, la luz, 
mi deseo, los susurros y tu sonrisa.
Todos caen desesperados desde un puente maldito
y alguien cuenta su leyenda a un visitante al lado de casa.

Cambias de objetivo.
Entonces llueve, nos despedimos.

Pienso en ti y me recuerdas que es cierto;
la poesía es el escondite de una idea
que pretendía ahogar el corazón.


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